Anestesia de Cristal
Ocurre casi siempre alrededor de las tres de la mañana. Me despierta una sed extraña, un hueco que no está en la garganta. Es una sequedad distinta, instalada detrás de los ojos. Antes de recordar quién soy o qué obligaciones empiezan dentro de unas horas, el brazo derecho ya se estiró entre las sábanas. No hay deliberación en el movimiento. Los dedos tantean la madera de la mesa de noche, esquivan el vaso de agua intacto y dan con el frío del cristal.
Un clic. La habitación se inunda de una claridad blanca que cae sobre el rostro.
Arden las córneas. Siento el peso de mi propia cabeza hundiéndose en la almohada. Los hombros se curvan hacia el esternón, cerrando la caja torácica; el aire entra apenas por la nariz en bocanadas cortas, tibias, insuficientes. Si alguien abriera la puerta en este segundo exacto, no vería a una persona despierta; vería un despojo. La quijada floja, la boca entreabierta, los párpados tiesos resistiéndose a parpadear para no perder la secuencia. Estoy tendido de espaldas, doblado sobre mí mismo, quieto frente al resplandor.
El pulgar sube y baja. Acaricia la superficie pulida con una devoción mecánica. Arriba, pausa, arriba otra vez. Una procesión ininterrumpida de caras desconocidas, catástrofes remotas, risas enlatadas y destellos que no significan nada desfilan a escasos centímetros de la nariz. El silencio de la madrugada desaparece, sepultado bajo un murmullo ajeno que voy tragando sin masticar mientras los números en la esquina de la pantalla avanzan, devorando las horas de descanso.
A mi lado, la respiración de mi pareja marca un ritmo pausado y hondo. Su espalda sube y baja bajo la cobija. Bastaría estirar el brazo izquierdo para tocarla, para anclarme a una temperatura humana, pero no lo hago. El contacto con el vidrio es inmediato, cómodo; no me exige nada. Me quedo suspendido en esa parálisis, absorbiendo un brillo estéril mientras el cuerpo pierde calor bajo la ropa de cama.
Sé lo que ocurre en este cuarto. Siento el malestar formándose en la boca del estómago y, aún así, la yema del dedo no frena. Sigo mirando. Espero un estímulo que justifique el desvelo, un remate que nunca llega, mientras veo consumirse las últimas sombras de la noche contra las paredes.
Salgo a la calle con la resaca del desvelo clavada detrás de las cejas, pero el hábito no da tregua; se sube conmigo al transporte de las siete de la mañana.
Voy de pie, apretado en un vagón que huele a encierro y a café barato. Me irrita la proximidad. Me molesta el roce grasiento de una chamarra ajena contra mi brazo, el calor húmedo que despide la nuca del tipo que tengo pegado al pecho, el vaho colectivo que empaña las ventanas del tren. Toda esa masa de carne tibia me resulta un estorbo intolerable, una interferencia que invade mi espacio e interrumpe el único movimiento que me importa.
Empujo con el codo para ganar dos centímetros de aire, lo justo para levantar el teléfono a la altura de la barbilla.
A mi alrededor, la escena es idéntica. Treinta cabezas colgadas sobre el cuello en el mismo ángulo rígido, con las mandíbulas flojas y los ojos lechosos fijos en sus propias pantallas. Nadie se mira. Nadie quiere estar ahí. Sostengo conversaciones urgentes con nombres en una aplicación, tecleo respuestas mecánicas a figuras que no existen fuera del brillo, mientras el hombro del pasajero de al lado se me clava en las costillas con cada sacudida de la vía. Deseo con furia que esa gente desaparezca, que se disuelva, que deje de respirarme encima.
El tren frena en seco. Los cuerpos rebotan, chocan entre sí con un golpe sordo de carne y ropa pesada, pero la mano se tensa en el aire antes de perder el equilibrio, asegurando el cristal para que no caiga al suelo. Nadie levanta la vista para disculparse. Reacomodamos los pies sobre el piso sucio, volvemos a doblar el cuello y nos hundimos otra vez en la luz.
Arrastro ese mismo asco durante todo el día hasta volver a casa. Y al caer la tarde, la distancia no se disuelve; se sienta conmigo a la mesa, frente a ti.
Estás sentada al otro lado del mantel. Me hablas. Me cuentas un tropiezo de tu día o una estupidez que viste al volver, buscando ese contacto elemental de dos personas que comparten la comida. Mi cabeza sube y baja. Asiento con una puntualidad ensayada. Emito los sonidos precisos para sostener el simulacro: un murmullo bajo, una sílaba a tiempo. Pero no te estoy mirando.
Tengo las pupilas clavadas diez centímetros más abajo, en el rectángulo negro apoyado junto a mi tenedor.
Tu voz sigue ocupando el comedor, pero para mí ya es solo un rumor de fondo. Las palabras me rozan la cara y resbalan sin dejar huella. Estoy sentado en la misma silla, con las manos apoyadas en el mantel, pero por dentro me he marchado. El pulgar derecho busca por instinto el borde de la mesa, roza el marco metálico, tantea si la pantalla se encendió, esperando esa vibración diminuta que promete sacarme de la habitación.
Levanto la vista medio segundo para disimular. Te miro los labios moviéndose, fuerzo una sonrisa automática y vuelvo a bajar los ojos hacia el cristal. El dedo se desliza. Un fragmento de tres segundos, un titular irrelevante, una imagen que olvido en el mismo instante en que desaparece.
Noto el silencio súbito al otro lado de la mesa. Te has detenido a mitad de una frase. Tus manos se quedan quietas sobre los cubiertos. Hay un instante denso en el que los dos sabemos con exactitud qué acaba de romperse: has tenido que competir con una superficie inerte y has perdido.
Bajo los párpados un poco más para no cruzarme con tu mirada. La comida se enfría en los platos, y mientras el pulgar sigue arrastrando imágenes mudas sobre la mesa, me descubro reducido a un cuerpo tibio que solo sabe fingir que todavía está ahí.
El pulgar resbala por descuido, presiona el botón lateral y la pantalla se apaga.
De golpe, la oscuridad cae como un saco de arena húmeda sobre la cara.
Me quedo ciego. En el techo flota una mancha verdosa, el residuo del brillo quemado en el fondo de las retinas. La habitación no estaba tan silenciosa hace un segundo; ahora el aire zumba con una frecuencia delgada, persistente. Tengo la boca pastosa, la lengua seca pegada al paladar y ese gusto metálico, como de moneda vieja bajo la lengua, que queda después de tragar aire sin hablar durante horas.
Miro hacia la ventana. La madrugada ya empezó a clarear por las rendijas de las persianas.
Se me fueron tres horas. Tres horas de las que no ha quedado nada: ni una idea, ni una imagen que pueda reconstruir con nitidez, ni una sola palabra que valga la pena repetir al despertar. El cerebro es un vertedero tibio lleno de ceniza plástica, de movimientos espasmódicos que se cancelaron unos a otros. El cuerpo pesa una tonelada, encajado contra el colchón con los músculos del cuello agarrotados, pero no hay sueño. Hay solo una taquicardia estéril, un motor girando en banda en medio de la niebla.
Cierro los párpados. Las imágenes continúan desfilando detrás de la piel en ráfagas mudas.
¿Qué era exactamente lo que buscaba encontrar a las cuatro de la mañana? ¿Qué noticia milagrosa, qué secreto ajeno o qué revelación iba a salvarme del peso de estar vivo a oscuras? Lo sabemos los dos. Lo sabes tú también mientras lees esto con los dedos agarrotados a otro trozo de cristal: no había nada al otro lado. Era únicamente el miedo a quedarse a solas con el latido de la propia sangre, con las cuentas pendientes, con ese silencio espeso donde la mente empieza a escuchar el crujido de su propio desgaste.
Me doy la vuelta bajo las sábanas, dándole la espalda al teléfono. El aparato descansa sobre la mesa de noche, mudo, frío y entero, esperando el próximo espasmo de mi mano.
Nadie me puso un cañón en la nuca ni me obligó a encorvar la espalda de esta manera. Esa es la bilis que me sube a la garganta cuando la penumbra vuelve a cerrarse: la certeza de que la rendición ha sido limpia, diaria y enteramente mía.
Elijo la anestesia de cualquier imagen ajena antes que el peso de habitar mi propia piel. Me aterra el silencio de esta cama porque en cuanto el cristal se apaga y el cuarto queda a oscuras, el vacío empieza a pasar facturas: las horas que dejo pudrirse sin usarlas, la distancia insalvable con el cuerpo que respira a mi lado, la sospecha de que me estoy consumiendo sin dejar rastro.
Por eso estiro el brazo otra vez. Prefiero tragar una claridad estéril antes que escuchar lo que tengo que decirme.
He entregado el calor del cuerpo, la atención debida a quien duerme conmigo y el tiempo contable de mis días a cambio de una superficie pulida que no me devuelve nada. Solo queda una respiración débil, adaptada a la penumbra, haciendo lo indispensable para no interrumpir mi propio colapso.
Siento el latido en la sien, un martilleo sordo contra la almohada. A diez centímetros de mi mano, el cristal espera sobre la madera, mudo y frío. Sé que mañana volveré a buscarlo. Mañana o en un par de horas, en cuanto este silencio se vuelva otra vez intolerable.
Me quedo inmóvil, mirando la sombra fija que cubre el techo, sabiendo que no hay nada más insoportable que la condena de quedarme a solas conmigo mismo, despierto.