El Latido de Titanio


El Latido de Titanio

¡Vale, vale! Lo admito. Siempre he sido una persona intensa, muy nerviosa; ya me conocen, soy de las que se muerden las cutículas hasta sangrar si no tengo el teléfono en la mano. Pero, ¿por qué me miran así? ¿Por qué insisten en que se me ha ido la cabeza? Lo que tengo no es locura, es... claridad. Mi ansiedad no me ha roto; me ha quitado los filtros. Me ha dejado los nervios en carne viva, receptivos a todo.

​Me enteraba de todo antes que nadie. No necesitaba desbloquear la pantalla. Sentía las actualizaciones de estado vibrando en el aire, escuchaba los hilos de Twitter desenrollándose en tiempo real y todos esos malditos podcasts de conspiraciones que él escuchaba zumbando en las frecuencias bajas del 5G. Oía lo que la gente posteaba, y escuchaba las cosas sucias que borraban antes de darle a "enviar". ¿Cómo puedo estar loca, entonces? Mírenme. Escuchen con qué tranquilidad, con qué coherencia de persona sana puedo contarles todo lo que pasó anoche.

​No fue por drama. Yo lo quería. De verdad. Nunca nos peleamos, nunca me gritó. Fue... esa maldita cosa que se compró.

​No era él. Era ese reloj. El nuevo Apple Watch Ultra.

​Ese aparatejo de titanio de grado aeroespacial. Se veía tan grande en su muñeca, tan obsceno con esa caja de 49 milímetros y la pantalla de zafiro plano. El problema era la función de "Pantalla Siempre Activa". Incluso cuando dormía, esa cosa seguía despierta. Emitía un resplandor anaranjado, el modo noche, una luz táctica y fría que nunca se apagaba. Cada vez que movía el brazo en la cama, esa esfera digital me enfocaba. No parecía un reloj; parecía una cuenta atrás. Y así, poco a poco, entre un reel de Instagram y otro, decidí que tenía que quitárselo. Tenía que apagar esa pantalla para siempre para poder dormir.

​Y deben creerme cuando les digo que nunca fui tan dulce con él como durante esa última semana. Me convertí en la novia de catálogo, en esa versión de mí misma que sale en las stories destacadas. Le preparaba el café de especialidad por las mañanas, le preguntaba por sus reuniones, escuchaba sus quejas sobre el tráfico... todo con una sonrisa que me dolía en las encías. Él me miraba y decía: "Estás de buen humor últimamente". Pobre ingenuo. No era buen humor. Era eficiencia.

​Cada noche, hacia las doce, apagábamos las luces principales. Pero la oscuridad nunca era total, ¿verdad? Porque ahí estaba eso.

Dicen que la seguridad es cerrar la puerta del dormitorio con llave, pero se equivocan; el verdadero pánico nace cuando la amenaza ya respira tu mismo aire, a centímetros de tu nuca, espalda con espalda, compartiendo el calor bajo el mismo edredón.

Esperaba a que su respiración cambiara, a que pasara de ese ritmo errático de quien revisa el móvil a la respiración pesada y profunda del sueño REM. Y entonces, empezaba mi trabajo. Me giraba en la cama. Milímetro a milímetro. Saben lo difícil que es moverse en un colchón de espuma con memoria sin crear una onda expansiva, ¿no? Pues yo aprendí a flotar. Tardaba una hora entera solo en darme la vuelta para quedar frente a su espalda.

​Y ahí estaba su brazo, colgando fuera de las sábanas o descansando sobre la almohada. Y en su muñeca, el faro.

​No necesitaba encender ninguna linterna. El propio reloj hacía el trabajo. Esa pantalla Always-On proyectaba un cono de luz naranja, tenue, enfermizo, sobre las sábanas blancas. Parecía una mancha de óxido luminiscente. Yo me quedaba ahí, con los ojos muy abiertos, mirando la pantalla.

​03:14

03:15

03:16

​Veía cómo cambiaban los números. Veía el icono del ritmo cardíaco parpadear en rojo, registrando su vida, guardando sus latidos en un servidor en California. Bum-bum... Bum-bum... El reloj sabía que él estaba vivo. El reloj se lo confirmaba al mundo. Y mientras esa luz naranja siguiera encendida, mientras ese sensor siguiera leyendo su pulso, yo no podía cerrar los ojos. Sentía que el reloj me miraba a mí. Que sabía lo que yo estaba pensando.

​Durante siete noches hice esto. Siete noches seguidas observando su muñeca, conteniendo mi propia respiración hasta que mis pulmones ardían, con las manos temblando de ganas de arrancar esa correa de titanio. Pero siempre, justo cuando iba a extender la mano... el reloj cambiaba de brillo, o él se movía, y la pantalla mostraba ese ojo naranja, abierto, vigilante.

​Y yo me retiraba, me hacía una bolita en mi lado de la cama, y esperaba al día siguiente con la paciencia de un santo. O de un francotirador.

​Pero anoche... anoche fue diferente.

La octava noche... Dios, esa noche fui una sombra. Más que una sombra. Fui el aire acondicionado. Fui el polvo en la mesita de noche. Me deslicé bajo las sábanas con una precisión que ni yo sabía que tenía. El minutero de mi propio reloj biológico marcaba las doce. Estaba a punto de llegar a la posición perfecta, justo detrás de su nuca, cuando cometí el error.

​No fue gran cosa. De verdad. Solo que, al apoyar mi mano en el colchón para impulsarme, mi pulgar rozó su hombro. Fue un toque de nada, el peso de una pluma.

​Pero él se tensó.

​Dejó de roncar de golpe. Se giró violentamente en la cama, arrastrando las sábanas, y se quedó medio incorporado, mirando a la oscuridad, mirando hacia donde yo estaba congelada.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

​Su voz sonaba pastosa, pequeña. Una voz de sueño y miedo.

​Yo no dije nada. No me moví. Durante una hora entera, lo juro por mi madre, no moví ni un solo músculo. Me convertí en una estatua de sal bajo el edredón. Y él tampoco se volvió a acostar. Se quedó ahí, sentado, escuchando el silencio del departamento. Podía sentir su miedo. No era ese miedo de película de terror; era el miedo real, ese que sientes cuando escuchas crujir el piso y sabes que no ha sido el gato.

​Y entonces... el reloj reaccionó.

​Al moverse tan bruscamente, el acelerómetro del Apple Watch detectó actividad. La pantalla despertó.

​Ya no era esa luz naranja tenue de "buenas noches". No. La pantalla se encendió a todo brillo. Un cuadrado de luz blanca, clínica, cegadora, iluminó nuestras caras bajo las sábanas revueltas. Fue como si hubieran encendido un reflector de interrogatorio.

​Y lo vi. Vi el Ojo.

​La pantalla mostraba la aplicación de Salud. Y ahí estaba el número. Grande. Verde neón sobre fondo negro.

78 BPM

​El número parpadeó. Él estaba quieto, tratando de entender qué era esa sombra a su lado –yo–, pero su cuerpo lo estaba traicionando. El reloj estaba gritando su secreto.

85 BPM

​El número subió. Él intentó tapar el reloj con la otra mano, como si le avergonzara, o como si quisiera apagar la luz, pero el sensor seguía leyendo. Yo podía oírlo ahora. No era un sonido en el aire. Era ese zumbido háptico, esa vibración seca del motor del reloj avisando de un cambio de estado. Bzzzt.

96 BPM

​Estaba asustado. Sabía que yo estaba ahí, aunque no dijera nada. Sabía que la "novia perfecta" lo estaba mirando con los ojos demasiado abiertos.

102 BPM

​La vibración se hizo más rápida. Bzzzt-bzzzt. Bzzzt-bzzzt. Era el sonido de un insecto atrapado contra el cristal. Un sonido sucio, tecnológico. Y el número... el número seguía subiendo. Era un escándalo. ¿Cómo es que los vecinos no lo oían? ¿Cómo es que no golpeaban la pared pidiendo que apagáramos esa alarma?

​El sonido me estaba taladrando el cráneo. Bzzzt. Bzzzt. ¡Más alto! ¡Más rápido! Era una burla. Ese aparato de titanio estaba amplificando su miedo, convirtiéndolo en datos, llenando la habitación con la evidencia de que estaba vivo, aterradoramente vivo.

​La ansiedad me subió por la garganta como bilis. Tenía que pararlo. Tenía que detener esa notificación. Mientras ese corazón siguiera enviando datos al reloj, yo nunca tendría silencio.

​El número marcó 120 BPM

​Una taquicardia de notificación. Y entonces, el modo "No Molestar" se rompió. 

Gritó una sola vez. Un sonido húmedo, orgánico, desagradable. 

—¿Amor? —dijo. Su voz tembló, cargada de ese miedo infantil que tanto me irritaba.

Pero ya era tarde para hablar. Me abalancé. No fue un ataque, fue una reacción sistémica. El reloj brilló furiosamente en el aire, trazando un arco de luz azulada mientras yo lo empujaba contra las almohadas. 

Él intentó gritar, claro. Qué predecible. Pero habíamos comprado esa almohada viscoelástica con memoria de forma, ¿recuerdan? Decían que se adaptaba perfectamente al contorno del usuario. 

Y vaya que lo hizo. Lo empujé boca abajo. La espuma de alta densidad abrazó su boca y nariz, tragándose el ruido, convirtiendo sus gritos en una vibración sorda, un grave mal ecualizado que me hacía cosquillas en las palmas de las manos. Cargué todo mi peso sobre su espalda, incrustando mis rodillas en sus riñones.

Yo no quería hacerle daño, lo juro por mis followers. Solo quería relajarlo. Quería que dejara de moverse para que el sensor dejará de parpadear. Necesitaba paz. Necesitaba silencio.

Pero el reloj... Dios, esa cosa es malvada. Mientras él se sacudía debajo de mí, dando patadas a las sábanas como un pez fuera del agua, la habitación se bañó de rojo. Una luz de alerta, intermitente, estroboscópica, convirtió nuestro dormitorio en una escena del crimen antes de tiempo.

Ti-nii-ni... Ti-nii-ni...

El acelerómetro detectó la lucha. El sensor óptico, presionado contra la muñeca de él que yo tenía inmovilizada contra el colchón, empezó a escupir datos. 

Miré la pantalla. Miraba un nuevo contador: SpO2: 98%... 

SpO2: 90%... El texto giró para mirarme a mí, acusador: HIPOXIA DETECTADA. 

—¡Quédate quieto! —siseé, apretando más la almohada. Sentí la humedad de su aliento caliente traspasando la funda, un calor febril, pegajoso. 

Él boqueaba. Sus pulmones buscaban aire y solo encontraban espuma de poliuretano. Su caja torácica golpeaba contra mi pecho, tum-tum, tum-tum, un ritmo desincronizado y caótico.

SpO2: 85%... El reloj vibró tan fuerte que me dolió los dientes. 

ALERTA DE CAÍDA. SOS DE EMERGENCIA. 

LLAMANDO AL 911 EN 5...

¡Iba a llamar! ¡Ese maldito aparato de silicio iba a subir el archivo de su asesinato a la nube antes de que yo terminara! El pánico me dio una fuerza que no venía de mis músculos, sino de mi pura desesperación social.

 4... SpO2: 73%

Él arqueó la espalda. Un espasmo violento, eléctrico. Sus uñas rasgaron la sábana bajera, buscando algo a lo que aferrarse, rompiéndose contra la tela. Oí el crujido de un tendón, o quizás fue el colchón. 

3... SpO2: 60%... 

Mis dedos resbalaban por el sudor. Traté de tocar la pantalla para cancelar, pero mis huellas dactilares estaban demasiado húmedas, demasiado vivas. La pantalla táctil no me reconocía. ¡Error de lectura! ¡Error de usuario! 

2... SpO2: 47%...

Debajo de mí, el cuerpo de él hizo un sonido horrible. Un silbido de tetera rota. Sus pulmones estaban colapsando, succionando el vacío. La almohada se hundía más y más en su cara, borrando sus facciones. 

1… SpO2: Error de Lectura 

Justo antes de que la llamada conectara, clavé mis uñas en la corona lateral del reloj. No lo toqué; lo aplasté. Apreté hasta que sentí que el metal se me incrustaba en la yema del pulgar. El reloj emitió un pitido largo, agudo, un quejido electrónico de derrota. Piiiii.... La pantalla roja parpadeó una vez... y se fue a negro. "Apagado forzoso". Gracias a Dios. La oscuridad volvió.

Y al mismo tiempo... él también se apagó.

Dejó de patalear. La caja torácica dejó de golpear contra la mía. La tensión de sus músculos se soltó de golpe, convirtiéndose en un peso muerto, una bolsa de carne flácida. Me quedé ahí encima un rato más, solo por si acaso. El silencio volvió al cuarto. Un silencio denso, pesado, maravilloso. Sin zumbidos. Sin luz azul. Sin notificaciones.

Me levanté y me arreglé la pijama.  Miré el reloj. Las 4:00 AM. Tenía que limpiar antes de que amaneciera. Y, sinceramente, aquí es donde me felicito a mí misma. Cualquiera hubiera entrado en pánico. Yo no. Yo puse una playlist de Lo-Fi para concentrarme y me puse manos a la obra.

​¿Dónde esconder un cuerpo de 80 kilos en un departamento de 60 metros cuadrados? No hay sótano. El suelo es de laminado flotante sobre hormigón, imposible levantarlo. Pero entonces miré la cama.

​Nuestra cama es un modelo de base arcón. De esas que se levantan con pistones hidráulicos y tienen un espacio enorme debajo para guardar edredones y ropa de invierno.

​Fue perfecto. Casi poético.

​Levanté el colchón con ayuda de los pistones. Saqué las cajas de ropa de otra temporada –¡adiós abrigos viejos!– y dejé el espacio vacío. El fondo era de madera limpia, oscura. Lo metí allí con cuidado. Tuve que doblarle un poco las piernas para que cupiera, una posición fetal, como si volviera al útero. Se veía... tranquilo.

​Le quité el reloj, por supuesto. Esa cosa no se iba a quedar con él. Lo metí en mi bolsillo.

​Bajé la tapa del arcón. El clic del cierre fue el sonido más satisfactorio que he oído en mi vida. Tendí la cama de nuevo. Estiré las sábanas de algodón egipcio, ahueque las almohadas –les di la vuelta para ocultar la mancha de saliva– y puse el cubrecama de lujo.

​A las 5:00 AM, la habitación estaba impecable. De revista. No había ni una mancha, ni una arruga. Y lo mejor de todo: no había ruido.

​Me senté en la cama, justo encima de donde él descansaba, y suspiré de felicidad. Por fin. Paz.

​Pero la paz dura poco en esta ciudad, ¿verdad?

​Apenas habían pasado diez minutos cuando sonó el timbre de la puerta. Ding-dong. Un sonido cortés, pero insistente.

​Miré por la mirilla digital de la puerta. Eran tres. Un oficial de policía y dos vecinos del piso de abajo. Esos viejos entrometidos con sus batas de dormir. Seguro que habían escuchado el golpe, o tal vez... tal vez ese maldito reloj había llegado a enviar una señal corta antes de morir.

​Sonreí. Me arreglé el pelo frente al espejo del recibidor, puse mi mejor cara de "recién despertada" y abrí la puerta.

​—¡Oficiales! —exclamé con una voz ligera, encantadora—. ¡Qué susto! ¿Ha pasado algo? Pasen, pasen, por favor. Disculpen el desorden, mi novio se ha salido temprano esta mañana y yo me quedé dormida...

​Los oficiales fueron amables. Sospechosamente amables. Eran tipos cansados, con ese olor a café de gasolinera y chalecos de kevlar que les aprietan la panza. Me dijeron que un vecino había reportado un grito. O un golpe. "Las paredes son de papel en estos edificios modernos, señorita", dijo el más joven, mirando mi televisor de 65 pulgadas con envidia.

​—Lo sé, lo sé —les dije, soltando una risita nerviosa, perfecta—. Estaba teniendo una pesadilla horrible. Me caí de la cama. Soy muy torpe. Mi novio... bueno, él ya se fue. Trabaja en finanzas, ya saben, horarios de locos.

​Les invité a pasar. Les dije que revisaran si querían. Miren, miren bien. Abrí el armario. Les mostré el baño impoluto. Me sentía ligera, invencible. La adrenalina es el mejor cosmético que existe; sentía mis mejillas sonrosadas, mis ojos brillantes.

​Finalmente, entramos en la habitación.

​Estaba perfecta. El edredón estirado, las almohadas esponjosas. La luz de la mañana entraba por las persianas, lavando cualquier rastro de la noche anterior.

​—Bonito lugar —dijo el oficial mayor. Era un hombre pesado, corpulento.

​Y entonces, hizo lo impensable. Lo que solo la ignorancia permite.

​Suspiró y se sentó en el borde de la cama.

​Mi cama. Nuestra cama. Su tumba.

​Vi cómo el colchón se hundía bajo sus ciento diez kilos. Escuché el cric sutil de la madera del arcón bajo la presión. Me imaginé los pistones hidráulicos gimiendo ahí abajo, el espacio reduciéndose, la tapa interior presionando contra la nariz fría de mi novio, doblado entre las cajas de ropa de invierno.

​Pero yo no parpadee. Al contrario. Sonreí. Me apoyé contra el marco de la puerta, cruzada de brazos, con esa arrogancia de quien sabe que ha ganado la partida. Les hablé de los precios del alquiler, del clima, de cualquier estupidez para llenar el aire. Ellos asentían. Se reían. Estaban a punto de irse. El crimen perfecto estaba consumado.

​Fue entonces cuando lo sentí.

Bzzzt.

​Una vibración corta. Seca. En mi bolsillo derecho.

​Me quedé helada. Llevaba la pijama, y en el bolsillo tenía el Apple Watch Ultra. Pero... yo lo había apagado. Lo había forzado a morir. Lo recordaba perfectamente.

​Seguí sonriendo, pero mi mano derecha se cerró en un puño.

Bzzzt. Bzzzt.

​Otra vez. Más fuerte. Una notificación doble.

​Miré a los policías. Ellos seguían hablando de un partido de fútbol. El oficial sentado en la cama se reía de un chiste de su compañero, y cada vez que se reía, daba un pequeño bote sobre el colchón. Boing. Boing. Aplastando al muerto. Y con cada rebote...

Bzzzt-bzzzt. Bzzzt-bzzzt.

​El sonido no venía del bolsillo. Me di cuenta con horror. El sonido venía de todas partes.

​Era un zumbido de baja frecuencia. Como cuando dejas un teléfono sobre una mesa de cristal y empieza a vibrar. Resonaba en mis dientes. Vibraba en el suelo laminado.

​¿Es que no lo oían?

​—...y entonces le dije al sargento que no pensaba hacer horas extra —decía el oficial sentado en la cama.

Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt.

​El ritmo se aceleraba. No era una notificación de mensaje. No era un correo.

Reconocí el patrón. Oh, Dios, reconocí el patrón.

Bum-bum... Bum-bum...

​Era el ritmo cardíaco.

​El reloj en mi bolsillo estaba muerto, frío, una pieza de metal inerte. Pero de alguna manera, estaba sincronizado con lo que había debajo de la cama. El corazón de mi novio... no se había detenido. O tal vez la tecnología había grabado el eco, el buffer de sus últimos segundos, y ahora lo estaba reproduciendo en un bucle infinito a través de mis propios huesos.

​Empecé a hablar más alto. Casi a gritar.

—¡Sí! ¡Es un edificio muy seguro! ¡Muy tranquilo! —exclamé, interrumpiendo al policía.

 BZZZT. BZZZT.

Necesitaba tapar el zumbido. Necesitaba sepultar esa vibración bajo una montaña de palabras.

​Pero el sonido subía de volumen. Ya no era una vibración. Era un zumbido eléctrico, sucio, un glitch de audio que saturaba la habitación.

BZZZT. BZZZT. BZZZT.

​Miré el bolsillo de mi pijama. ¿Se movía la tela? ¿Podían ver cómo la tela palpitaba? Miré al policía sentado en la cama. ¿No sentía la vibración subiendo por sus piernas? ¡Estaba sentado encima de la fuente! ¡El transmisor estaba debajo de su culo!

​—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó el oficial joven, dejando de sonreír. Me miraba con extrañeza.

​—¡Estoy perfecta! —chillé. Sentí que se me salía un gallo—. ¡Nunca he estado mejor! ¡Solo quiero que... que vean lo limpio que está todo!

​Me puse a caminar de un lado a otro de la habitación. Mis pasos resonaban en el suelo flotante, pero no podían ahogar el zumbido. Era ensordecedor. Era como tener un servidor de datos gritando dentro de mi oído medio.

BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT.

​Ellos me miraban. Se miraban entre ellos. Sonreían.

¡Lo sabían! ¡Estoy segura que lo sabían!

Esa sonrisa de condescendencia... ¡se estaban burlando de mí! ¡Oían el zumbido! ¡Oían el reloj conectándose al más allá! ¡Oían la notificación de la muerte!

 BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT.  BZZZT.

​No podía soportar esa hipocresía. Cualquier cosa era mejor que esta tortura acústica. Cualquier cosa era mejor que sentir ese Bzzzt devorando mi cordura. El reloj iba a explotar en mi bolsillo. La cama iba a estallar.

​El oficial mayor se empezó a levantar del colchón lentamente.

​—¡No! —grité. No podía aguantarlo más.

​Me llevé las manos a la cabeza, tapándome las orejas, pero el sonido venía de dentro, de la conexión Bluetooth que me unía a él.

 BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT.

​—¡Basta ya! ¡Dejen de fingir! ¡Lo oyen, sé que lo oyen! —aullé, desgarrándome la garganta—. ¡No es el vecino! ¡No es una pesadilla!

 BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT. BZZZT.

​Me arranqué el reloj del bolsillo y lo lancé contra el suelo. Rebotó con un sonido metálico, pero la pantalla seguía negra. Muerta. Y aun así... el sonido llenaba el universo.

​Señalé la cama con un dedo tembloroso. Señalé el lugar exacto donde el oficial había puesto su sucio trasero.

​—¡Está ahí! ¡Levanten la tapa! ¡Abran el arcón! ¡Es el latido de su maldita tecnología! ¡Es el sonido de su horrible corazón!

FIN

Gracias por acompañarme en este homenaje al Maestro Edgar Allan Poe.

Si esta historia resonó contigo, encontrarás horrores similares y respuestas esquivas en mi libro principal:

'La Geometría del Sufrimiento'

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