Ensamblaje de un Amor Roto


Ensamblaje de un Amor Roto

Me llamo Emma, o eso dicen los papeles que firman mis padres, ese dúo amoroso y unido que ha tejido a mi alrededor una vida de aparente normalidad. Mamá, una mujer de fortaleza envidiable, rebosante de una vida que a veces me parece demasiado brillante, me inculcó valores hermosos: amor a la familia, a mí misma; sus principios, el andamiaje sobre el que se ha construido mi jaula dorada.

Papá, un hombre de exterior serio, casi frío en su forma de enfrentar al mundo, pero que, en la intimidad de nuestro hogar, con nosotras, se despojaba de esa armadura para mostrar un amor que me llenaba de un cariño y una confianza casi infantiles. Él me enseñó a no agachar la cabeza, a expresar mis ideas sin el temor al juicio ajeno, y me juró con una solemnidad que me helaba la sangre que siempre sería ese amigo que me cuidaría por siempre—una promesa que ahora resuena con un eco diferente.

Ambos volcaron su amor y energía en intentar darme una vida de afecto, diversión y una tranquilidad que, muy pronto, descubriría que era solo la calma opresiva antes de la verdadera tormenta. Los problemas, claro, nunca faltaron; las luchas normales de cualquier matrimonio, esos momentos de desacuerdo que se volvían tensos, dejándome con un nudo de estrés y una tristeza pegajosa en el pecho, pero siempre, siempre, nos manteníamos fuertes, un frente unido avanzando a trompicones hacia un futuro que yo ya empezaba a ver con otros ojos.

No sé cómo comenzar a explicar esto. Solo sé que desde que tengo memoria, en cada lugar, con cada grupo, sentía que no encajaba, como una pieza de un rompecabezas ajeno—uno mucho más oscuro y retorcido, cuyas púas parecían hincarse directamente en mi carne blanda.

La 'normalidad' de los demás era un espectáculo grotesco para mí; sus risas me sonaban a graznidos de aves carroñeras disputándose despojos insípidos, sus preocupaciones, un enjambre de insectos zumbando alrededor de naderías. A veces, el simple contacto con su alegría superficial me provocaba una náusea física, un sabor a bilis y metal oxidado en la garganta. Nunca logré conectar del todo con los demás; siempre tuve la sensación de ver el mundo con los ojos de alguien mucho mayor, o quizás, mucho más viejo, como si los demás fueran demasiado niñas, demasiado superficiales para entenderme, o para que yo pudiera soportar su banalidad.

En la escuela, esa sensación se agudizaba. Me sentía obligada a comprenderlos, a ayudarlos, incluso por encima de mi propia y desesperada necesidad de ser aceptada, de encontrar un reflejo en otros ojos. Y los que se hacían llamar mis amigos… nunca sentí que ese cariño que yo profesaba, esa lealtad casi dolorosa, fuera correspondido con la misma intensidad. Su alegría, sus pequeños dramas, siempre venían primero, y yo me quedaba esperando, una idiota con el corazón en la mano, a que alguna vez se preocuparan por mí, por lo que se retorcía y crecía en mi interior.

Este 'desgarro interno' no era una metáfora poética; era una herida supurante en mi psique, un quiste creciendo en la oscuridad de mi ser, alimentándose de cada decepción, de cada mirada de soslayo que confirmaba mi condición de paria. El desprecio por mi persona se volvió un compañero constante, una voz sibilante en mis sueños que me recordaba que era 'horrible, desgraciada, sucia'—un error biológico cuya única función era absorber el asco del mundo. Me miraba al espejo y no veía un rostro, sino un lienzo en blanco donde los demás proyectaban sus miedos y su repulsión, una máscara de carne esperando ser arrancada. Qué puedo decir, siempre he querido más, he esperado más de lo que este mundo mezquino parece dispuesto a dar.

Sigo creciendo, o quizás solo transformándome, y en el camino he encontrado varias amigas. Chicas distintas, sí, pero no tanto como yo. Al final, como polillas a la luz sucia de la popularidad, tienden a buscar encajar, a perseguir esa aprobación efímera que tanto anhelan todos, esa validación de la masa que a mí me produce arcadas. Y en esa búsqueda patética por resaltar entre la muchedumbre, han ido dejando jirones de su esencia en el camino, perdiéndose entre malas decisiones, volviéndose hostiles, casi depredadoras, con quienes alguna vez cuidamos de ellas. O simplemente, les gana la calentura, esa urgencia animal, y se van a la facilidad del vicio, al olvido barato del alcohol o los cuerpos ajenos.

Por mi parte, no he salido ilesa de estas batallas. He enfrentado a estas supuestas amigas, les he restregado en la cara lo que siempre fuimos, el apoyo incondicional que les di, y finalmente, he recibido su desprecio y su burla como única recompensa, sus risas como esquirlas de vidrio en mi piel. En casa, sé que ven mi dolor por más que intento ocultarlo bajo una máscara de indiferencia. Pero no entienden, o no quieren entender, que ellos no pueden hacer gran cosa. Esto es algo que enfrento sola, este desgarro interno, esta certeza de que el mundo se ensaña conmigo, que me ha elegido como su particular saco de boxeo.

Y esto me ha hecho sentir un gran desprecio por mi persona, una aversión que me corroe. Me han hecho sentir horrible, desgraciada, sucia. Me han hecho sentir que no merezco nada más que odio y dolor, que soy un error en la ecuación de la existencia.

El mundo se ha encargado de enseñarme con crueldad que lo diferente no es bienvenido, que si no devoras el mundo con sus propias armas, te traga entera y te escupe como un hueso roído. También se ha encargado de grabarme a fuego en la retina que hay bellezas normativas, aceptadas, y luego estoy yo, una anomalía que, por más que me digan en casa lo hermosa que soy con sus palabras de consuelo familiar, el mundo solo me ve como basura, como algo horrendo, algo que debe ser apartado o destruido.

Cada día, en cada mirada de soslayo, en cada silencio incómodo, me recuerdan que estoy sola, que nadie se interesa por mí más que para lastimarme, para despreciarme, para usarme. Que, aunque me esfuerce en mis clases, aunque destaque y mis logros sean evidentes, no soy alguien que valga la pena como amiga, como confidente, como ser humano. La falsedad de mis amistades me rodea como un miasma, su envidia se siente en cada palabra no dicha, en cada gesto calculado. Me esfuerzo, trabajo duro, pero ellas se encargan de robarse mi crédito, de hacerme a un lado, de recordarme mi lugar en la periferia.

Bueno, este es el drama de mi vida, o al menos, una parte de él. Sigo avanzando, arrastrando mis cadenas, y me encuentro en mi último año en esta escuela que ha sido más una prisión de expectativas y una condena a la soledad que un lugar para crecer y florecer. Mi amor, o quizás mi extraña afinidad, hacia los diferentes, los despreciados, los rotos, sigue activo, como una forma perversa de ayudarme a mí misma, de encontrar un eco de mi propia fragmentación en otros. Al final, sigo ayudando a los nuevos, a los distintos, a los que llegan con la mirada perdida, pero como siempre, como una maldita profecía autocumplida, terminan yéndose por el camino fácil, por lo popular, dejándome de nuevo con este vacío y esta rabia fría.

Sé que cada día soy más inteligente, más perceptiva. Y quizás, solo quizás, más hermosa a mi manera retorcida. Me lo recuerdan siempre en casa, con esa fe ciega de los padres, aunque yo sigo sin creerlo al cien, no cuando el espejo del mundo me devuelve una imagen tan distorsionada.

Algo que debo remarcar es la forma tan curiosa de mi papá, ese hombre de hielo y fuego. Siempre me ha tratado como una princesa, sí, pero también me ha enseñado a ser una guerrera, a no doblegarme. Su música ruda y sin miedo, ese torrente de guitarras distorsionadas y baterías apocalípticas que a veces hacía temblar los cristales de la casa; su gusto por el cine violento, por las historias de venganza y sangre; su falta de miedo aparente ante las tormentas de la vida… todo eso se coló en mi personalidad como un veneno lento, como una semilla oscura que ha comenzado a germinar.

Contra todo lo que las viejas mamonas de mis compañeras creían—con sus risitas y sus cuchicheos—, fui ganando una extraña popularidad entre los chicos. No por ser como ellas, no por seguir sus estúpidas modas. Sino porque yo no soy las demás. Yo soy poder y energía cruda. Una tormenta contenida. Y eso, esa diferencia que tanto me había hecho sufrir, ahora hacía que me tuvieran una confianza distinta, un respeto especial, casi temeroso. Mi club de fans, los inadaptados, los raros, los que veían en mí un reflejo de su propia oscuridad.

Hoy ha sido un día diferente, uno de esos días en que el aire huele a cambio, a algo a punto de romperse. Llegó un chico nuevo a esta prisión, a este último año de condena. Callado, inadaptado, invisible para la mayoría, ignorado por la jauría popular. Y como siempre, como una compulsión, me ganó esa necesidad de ayudar al marginado, de ofrecer una mano en la oscuridad.

Y ahí fui, a darle la bienvenida, a mostrarle que no estaba solo en este infierno adolescente.

Un niño gringo, Gael, de mal español, con una timidez que era casi dolorosa de ver, y una mirada que no se encontraba en este ambiente tan deprimente, tan ajeno a él. No sé qué fue, si su soledad palpable, esa tristeza que emanaba de él como un perfume rancio, o solo su forma de mirarme, como si viera algo distinto en mí, algo que no era ni princesa ni guerrera, sino simplemente… yo, en toda mi jodida complejidad. No entiendo qué pasó, pero en su soledad y en la mía nos encontramos, nos reconocimos. Fue como si nos hubieran arrojado a una isla desierta después de un naufragio y solo nos tuviéramos el uno al otro para hacernos compañía, para no ahogarnos en el silencio. Nuestras raras pláticas, a veces en un inglés torpe, otras en un español titubeante, nunca fueron obstáculo para comprendernos más profundamente de lo que alguna vez sentí que alguien lo hiciera, para tocar esas fibras sensibles que ambos manteníamos ocultas. Esa dedicación mutua a nosotros, a conocernos sin máscaras, fueron parte de lo que marcó un fin a ese algo que no existía, a esa coraza de indiferencia que el mundo se había encargado de despedazar en mí, dejando la carne viva expuesta.

Cuando por fin se realizó, cuando esa conexión se volvió algo tangible, fue en un lugar que siempre me enamoró, un sitio de luces parpadeantes y gritos de euforia contenida, un lugar lleno de adrenalina y velocidad, de vueltas que te revolvían el estómago y muchos Icees de colores imposibles que te congelaban el cerebro. A partir de ese momento—de ese beso robado entre el estruendo de la montaña rusa y el olor a algodón de azúcar—, mi mundo dio un vuelco y mi existencia toda, antes triste y gris, fue agarrando colores vibrantes, un brillo nuevo, y una emoción desconocida, casi peligrosa.

Yo solo sabía que los unicornios habían vomitado arcoíris por todos los rincones de mi alma, haciendo que mi mundo interior brillara con una luz casi insoportable. Hablar con este niño, con mi Gael, era mi pasión. Mi única obsesión. Aunque debo agregar que requería de mucho trabajo, de una paciencia que a veces me faltaba. Su esencia era muy callada y retraída, como un animalito asustado; requería de toda mi energía para que fluyera, para que se abriera un poco. Algo de educación para tratar a las damas, o al menos a esta dama en particular, y un poco de guía para que nos conectáramos de verdad, para que nuestras almas dejaran de rozarse y comenzaran a entrelazarse. Todo era chicle y bomba; las golosinas compartidas en los descansos, las miradas cómplices en la cancha de baloncesto, los roces furtivos de manos entre clases, cada pequeño gesto un universo de significado.

Pero como el mundo—ese cabrón—nos ha enseñado una y otra vez, lo bueno, lo puro, no dura. Mis amigas, con sus sonrisas de hiena y sus consejos envenenados; sus amigos, con sus bravuconadas y su estupidez adolescente; y el mundo en general, con su insidiosa necesidad de destruir lo que no comprende, conspiraron en contra de nosotros. Mi creciente popularidad entre los chicos raros, la inseguridad endémica de Gael, y la despreciable gente que siempre necesita un drama para alimentar su vacío existencial, se metieron como gusanos en la fruta. Comentarios simples, aparentemente inocentes, acerca de mis otros amigos, de mi forma de ser, "demasiado intensa", "demasiado diferente"; gusanos que fueron rascando el cerebro de mi Gael, erosionando su frágil seguridad, sembrando dudas donde antes solo había una confianza naciente.

Y en menos tiempo de lo que nos tomó iniciar esa conexión mágica, todo terminó.

Se rompió. Explotó.

Rompió mi corazón, mi mente, mi espíritu. Despedazó mi alma en mil fragmentos sangrantes.

¿Por qué?, se preguntarán ustedes, con esa lógica adulta que todo lo simplifica. ¿Por qué tanto drama si apenas nos conocíamos, si solo estuvimos juntos unas cuantas semanas, unos pocos meses robados al tedio? Les diré que sé, con una certeza que me quema las entrañas, que había una conexión más profunda que la que se veía a simple vista, que realmente éramos el uno para el otro, dos piezas rotas que encajaban a la perfección. La comprensión iba más allá de las charlas torpes; era una sincronía de nuestras almas, un reconocimiento mutuo en la oscuridad.

Mi Gael se fue y no volvió. El abismo que dejó su partida no fue un vacío limpio; fue una herida abierta, infectada, que supuraba una mezcla de tristeza, rabia y una incertidumbre que me roía las entrañas como gusanos. ¿Fui yo quien rompió todo con mi intensidad, con mi oscuridad que quizás él no pudo soportar? ¿Mi incapacidad para explicarle, como a un niño asustado, que mi alma reconocía la suya, que siempre estaría para él, fue la verdadera traición? Estas preguntas eran un tormento constante, agujas de hielo clavándose en mi cerebro. Me abandoné al dolor, al desprecio por el mundo que me lo había arrebatado, y al odio por mí misma por no haber sido suficiente. El amor de mi familia, sus intentos torpes por curar mis alas rotas, por sanar esas heridas que para ellos eran simples rasguños adolescentes, me resultaban casi insultantes. No entendían la profundidad del desgarro, la amputación de una parte de mi ser.

Y entonces, las cosas empezaron a suceder.

Situaciones extrañas, que supe apreciar dentro su oscuridad. Aunque los recuerdos son borrosos, como si los viera a través de un velo de sangre.

Una de mis amigas—la zorra de sonrisa fácil que le coqueteó a Gael cuando él ya era mío, cuando nuestros silencios ya tejían promesas—tuvo un... percance.

La encontraron en el baño de la escuela, después de que la luz, con una conveniencia casi teatral, se apagara con un chasquido y un breve olor a miedo. Su cabeza era un amasijo contra los azulejos fríos y grasientos, la nuca en un ángulo imposible. El pelo, esa melena rubia oxigenada que tanto presumía, había sido rapado al cero con una saña metódica, y los mechones sucios yacían esparcidos como una ofrenda grotesca sobre el charco que se formaba a su alrededor—un líquido rosáceo donde flotaban sus propias lágrimas y algo más oscuro.

Pero los párpados... ah, los párpados.

La Voz—que escuche como en un sueño atormentado del que solo recuerdo fragmentos rojos—me susurró los detalles con un deleite perverso. No fueron simplemente arrancados; fueron desollados con una pulcritud quirúrgica, como si se pelara una fruta demasiado madura. Se sintió la suave resistencia de la membrana cediendo, el leve 'pop' de las pestañas al desprenderse de sus raíces diminutas. Los globos oculares, ahora obscenamente desnudos, violáceos y protuberantes, temblaban bajo la luz mortecina de emergencia, fijos en una oscuridad eterna que ya nunca podría evitar, reflejando el horror de su propia mutilación con una humedad vidriosa. Un fino hilo de sangre negruzca, espesa como alquitrán, se escurría de los bordes dentados de la piel amoratada, liberando un olor dulzón y metálico—el perfume íntimo del pánico extremo y la carne recién expuesta.

Dijeron que tropezó.

Luego, uno de los supuestos amigos de mi Gael, el que le inyectó veneno al oído, el que alimentó sus dudas con mierda. Asistió a una fiesta, bebió hasta la inconsciencia. Nadie lo vio salir. Lo encontraron en un callejón, el asfalto frío como su tumba improvisada, bañado en su propio vómito y lágrimas, los pantalones bajados.

Alguien—o algo con una habilidad maestra y un sentido del humor macabro—le había extirpado un testículo, dejándolo cuidadosamente colocado en el bolsillo de su camisa, como una reliquia obscena y palpitante.

Su reliquia no solo palpitaba; aún conservaba un calor residual, una tibieza enfermiza al tacto del bolsillo. De nuevo esto lo sé por qué la Voz—con ese tono silbante y ligeramente satisfecho—me compartió, atisbos, meras insinuaciones que me hicieron imaginar el peso, la textura ligeramente gomosa, y el olor almizclado y acre de la virilidad arrancada, mezclado con el sudor frío del miedo.

No todos los accidentes fueron tan... directos. Recordaba con una sonrisa fría y ajena—esa que ahora se dibujaba en mis labios con demasiada facilidad—, la fiesta de cumpleaños de Carla, otra de las arpías que más se había regodeado en sembrar cizaña, una belleza orgullosa cuya vanidad era tan frágil como el cristal.

Yo no estuve allí, claro. Ya estaba en este nuevo lugar. Pero la Voz me había ayudado a planearlo antes de irme.

El pastel de cumpleaños, tan colorido y apetecible, las bebidas burbujeantes con nombres exóticos. Nadie sospechó del regalo. Una loción corporal exótica, carísima, que encontré en línea. Papá me enseñó que la venganza es un arte que requiere paciencia... y conocimiento. Él amaba la biología; yo amaba la química.

Nadie sabía que había cultivado una cepa particularmente virulenta de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina en el laboratorio de la escuela. Un pequeño hisopo en el aplicador de la loción fue suficiente.

Pero al cabo de unas horas, la selecta concurrencia, esas reinas y reyes del baile de secundaria, comenzaron a sentir un picor insidioso, una comezón que se arrastraba bajo su piel perfecta como larvas invisibles.

Pequeños brotes rojos, como picaduras de insectos infernales, que pronto se convirtieron en pústulas, tensas, brillantes con un líquido amarillento y espeso que pugnaba por salir. Estas no eran simples erupciones; eran pequeños volcanes de carne irritada, la piel delicada alrededor de sus cráteres rojizos, rezumando una linfa fétida.

Al reventar—algunas espontáneamente con un chasquido húmedo, otras bajo uñas que rascaban con una desesperación animal—, no liberaban un simple líquido, sino una pasta pútrida, de un amarillo verdoso con vetas sanguinolentas, con un hedor dulzón y penetrante, como a queso fermentado en las entrañas de un cadáver olvidado en un día de verano.

Sus pieles perfectas, antes lienzos de arrogancia y belleza, se transformaron en mapas geográficos de una corrupción purulenta y burbujeante. El orgullo se disolvió en gritos de horror y asco mientras sus rostros, antes tersos, se convertían en máscaras grotescas de carne desollada, sus supuestas perfecciones arruinadas por supuraciones que olían a la misma fealdad que ellos siempre me habían atribuido. Una venganza poética servida en el altar de su propia vanidad. Un hermoso castigo, una venganza servida en bandeja de plata.

La Voz me contó los detalles después... Sonreí. Era mi propia ciencia. Mi propia semilla de dolor.

Los otros accidentes siguieron un patrón similar, cada uno un eco perverso de las pequeñas traiciones, de las risas burlonas, de las palabras que habían contribuido a mi infierno.

Mis padres, sus rostros una máscara de preocupación y un miedo que no se atrevían a nombrar, decidieron sacarme de esa escuela, de ese nido de víboras y recuerdos sangrantes. Temían por mi seguridad, decían. O quizás, temían por la seguridad de los demás, por la sombra que veían crecer en mis ojos, una sombra que ya no era solo tristeza.

El nuevo lugar, este internado anónimo y gris lejos de la ciudad, prometía un nuevo comienzo, un lienzo en blanco sobre el cual mi renacida voluntad podría pintar sus obras maestras de carne y recuerdo. Y así fue. Mis padres, con sus rostros descompuestos por una preocupación que ya no lograban ocultar tras velos de normalidad, me enviaron aquí temiendo por mi seguridad, o quizás, como susurró la Voz con un regocijo helado en mis oídos, temiendo por la seguridad de los demás ante la sombra que veían crecer en mis ojos, una negrura que ya no era sólo tristeza, sino el abismo hambriento que Gael había despertado y luego abandonado.

Un lugar que, irónicamente, me trajo más cerca de mis verdaderos sueños, o quizás, de mi verdadera naturaleza.

Aquí, en la soledad estéril de este cuarto impersonal, la Voz se volvió mi única confidente, mi maestra. Ya no era un simple susurro; a veces se convertía en un cántico gutural que vibraba en mi esternón, otras en una orden fría y precisa que resonaba en el tuétano de mis bones. Me enseñó que los accidentes no eran casualidades, sino ofrendas, pequeños sacrificios en el altar de mi dolor. Me guio a ver la belleza intrínseca en la descomposición, la verdad oculta en el grito desgarrado.

Ellos te hirieron, te usaron, te desecharon, siseaba la Voz, su aliento frío erizando mi nuca incluso en la quietud de mi celda. La carne es solo un recipiente para el sufrimiento o el placer. Tú decides cuál dispensar, cuál recibir.

El internado, con su disciplina monacal y sus pasillos que olían a desinfectante y a secretos juveniles reprimidos, se convirtió en mi primer templo. Las otras internas, con sus pequeñas crueldades y sus vanidades frágiles, eran material de estudio. Observaba sus interacciones, sus jerarquías, la forma en que la belleza normativa era un arma y una armadura. Y la Voz me mostraba las fisuras, las debilidades, los puntos donde la carne y el espíritu eran más vulnerables.

El miedo que yo inspiraba, esa aura de diferente que antes me atormentaba, ahora era una herramienta. Las amigas que intentaron acercarse, atraídas por una curiosidad morbosa o buscando una nueva víctima para sus juegos de poder, pronto aprendieron que mi oscuridad era mucho más profunda y paciente que la suya. Pequeños percances las alejaban: un diario íntimo expuesto con sus secretos más vergonzosos, una mascota querida encontrada en un estado... antinatural.

Nada que pudiera rastrearse hasta mí directamente, por supuesto. La Voz era una maestra en el arte de la sutileza cruel, enseñándome a mover los hilos desde las sombras, a disfrutar del terror que florecía en sus ojos sin necesidad de manchar mis propias manos... todavía.

Hoy estoy aquí, en la soledad gris de este cuarto que no es mío, pero qué he consagrado con su esencia, la de Gael. La maleta que él nunca deshizo del todo antes de huir, antes de abandonarme, yace abierta sobre la cama deshecha, un testamento a su cobardía, a su incapacidad de enfrentar la verdad de lo que éramos. Su ropa, impregnada de su olor—una mezcla de tierra mojada, sudor masculino y ese tenue perfume suave y limpio que tanto me emocionaba y me repelía—, es una reliquia, la ausencia que es casi una presencia física, un fantasma que se niega a irse y que yo me niego a dejar partir. El aire aquí dentro es un caldo espeso de estos aromas, mezclados con el olor metálico de la sangre que ha fluido—la suya, la mía, ¿acaso importa ya la diferencia?—y la dulzura nauseabunda de una descomposición incipiente que mantengo a raya con el frío constante de la habitación y el humo de un incienso extraño, resinoso, que encontré entre sus cosas, uno que huele a bosque viejo y a rituales olvidados.

Su cuerpo, o los fragmentos que con una devoción casi religiosa he logrado reunir, yace sobre los periódicos viejos que cubren el suelo como un sudario improvisado.

La Voz de mi padre me lo advirtió: "Un guerrero asegura su trofeo".

No fue fácil. Sacarlo de su casa en medio de la noche, sin que sus padres lo notaran. El olor del cloroformo en el trapo. El peso muerto. La sierra de hueso que tomé prestada del taller del jardinero de la escuela.

Tuve que traerlo en partes. La maleta que él nunca deshizo fue, irónicamente, la forma en que lo transporté. Pedazo a pedazo. Un ensamblaje inverso.

Su carne, fría al tacto, cerosa como la de una vela mortuoria a medio consumir, pierde su calor con una lentitud exasperante, casi burlona. Pero no es suficiente. Necesito más. Necesito entender. Necesito... completar este sacramento oscuro que es nuestra unión.

Busco dentro de este cuerpo frío, profanado con ternura, el alma que me fue despedazada, el corazón que rompieron, el nuestro.

Mis dedos, ahora instrumentos de una precisión insospechada, delgados y manchados con una mezcla de su sangre y la mía, hurgan entre los líquidos tibios que aún se aferran a sus cavidades abiertas, entre la carne que cede con una facilidad obscena, casi invitadora, bajo el filo de la pequeña navaja que alguna vez fue suya.

La hoja, un regalo trivial de su padre, ahora es mi herramienta sagrada, mi bisturí de artista de lo macabro.

Al abrir la cavidad torácica, el olor fue lo primero que me golpeó, una bofetada pútrida: no solo el tufo metálico de la sangre, sino el aroma particular, íntimo, de sus órganos internos, un efluvio dulzón, con notas de hierro y un ligero dejo fecal. El perfume personal de su muerte.

Sigo cortando pequeños pedazos, jirones de músculo que palpitan débilmente entre mis dedos con una vida residual y perversa, astillas de hueso poroso que huelen a él, a su esencia más profunda. Busco esas partes que siento que me hacen falta para estar completa de nuevo, para llenar el vacío devorador que su partida dejó, para reconstruir el rompecabezas de nuestra unión rota con los pedazos ensangrentados y aún tibios de su traición.

Rompo las barreras de su piel cerosa, que se rasga como papel de seda mojado; sus costillas se quiebran como ramas secas bajo mis manos, con un sonido satisfactorio, un crujido húmedo que es música para la Voz que ahora canta en mi interior. Quiero encontrar dónde guardó las ideas que nos lastimaron, esas dudas ponzoñosas que le sembraron como semillas de podredumbre, para extirparlas como tumores malignos, para arrancarlas de raíz y ofrecerlas a la oscuridad que ahora me acoge, que me entiende, que me susurra que esto es lo correcto, lo bello.

Quiero ver a través de estos ojos, los suyos, que ahora sostengo en mi palma. Un par de esferas frías y vidriosas como canicas muertas, su iris aún reflejando un atisbo de la última luz que vieron—quizás mi propio rostro inclinado sobre él. La pupila, dilatada e insondable, parece un pozo negro que amenaza con absorber mi propia cordura.

Me pregunto si aún retienen la imagen de su terror final, o del amor que creyó sentir. Quiero encontrar qué vieron en mí que los demás no logran captar, qué oscuridad en él reconoció la mía con un gruñido de familiaridad, qué promesa rota se esconde en sus profundidades ahora vacías, silenciosas y húmedas.

Tomo sus manos cercenadas, los dedos rígidos y fríos, manchados con costras de su propia sangre seca que se desprenden bajo mis uñas. Acarició mi rostro con ellas—una parodia grotesca de la ternura que me fue negada—, sintiendo la frialdad de su piel muerta contra la mía, que arde con una fiebre nueva. Él ya no está más aquí para hacerlo, pero su ausencia, su traición, su esencia… de alguna forma perversa, ahora viven en mí, se reconstruyen a través de mí, en este altar de carne y recuerdo, en esta comunión impía.

Y con cada corte, con cada órgano que examino y pruebo—el hígado resbaladizo, de un púrpura profundo, el corazón sorprendentemente firme, una masa densa y fría que aún parece contener un eco de sus latidos—, con cada fragmento que integro al santuario de mi dolor, con cada trozo de su ser que se vuelve mío en una digestión ritual, siento que, por fin, empezamos a ser uno.

Una nueva entidad, terrible y completa, nacida del ensamblaje de un amor roto y una venganza consumada.

Y con cada corte preciso de la navaja que fue de Gael—mi herramienta sagrada, extensión de mi voluntad rehecha—, con cada fragmento de su ser que profano y reclamo como mío, me pregunto, a veces, mientras el olor metálico y dulzón de su sangre ya fría impregna el aire viciado de este cuarto-santuario...

...qué pensaría papá.

Él, que me enseñó a ser una guerrera con sus historias de venganzas implacables y héroes de alma torturada; él, que alimentó mi joven fascinación por la música agresiva que sonaba a gritos desde el infierno y el cine de sangre donde la carne era solo un lienzo para el dolor y la catarsis.

¿Entendería esta batalla que libro en la soledad de mi locura, esta forma perversa de no doblegarme ante el dolor, sino de abrazarlo, de incorporarlo, de convertirme en su sacerdotisa? ¿Vería en mis manos manchadas, en esta dedicación casi artística a mi macabra tarea de ensamblaje, un eco distorsionado de su propia fuerza indómita, de su propia y fría falta de miedo ante la fealdad del mundo?

La Voz me susurra que sí, que él es el arquitecto de la fortaleza que ahora me permite desmembrar y reconstruir mi propio paraíso necrótico.

¿Estaría orgulloso de esta extraña y oscura guerrera en la que me he convertido, esta criatura que encuentra consuelo en la disección de su amor perdido, o solo vería la monstruosidad de una hija corrompida, una crisálida rota de la que ha emergido un insecto de pesadilla que ya no reconoce, que se alimenta de la carroña de los recuerdos?

Quizás nunca lo sepa. O quizás, de alguna manera retorcida, él también es parte de esto. Ese veneno lento que se coló en mi personalidad—su indiferencia ante el sufrimiento ajeno, su fascinación por lo grotesco, su aceptación de la oscuridad como una fuerza inherente al universo—finalmente ha florecido en mí. Ahora soy su cosecha, la manifestación última de las semillas que plantó en mi alma infantil. Y en la quietud de este cuarto, rodeada por los restos de Gael, siento una comunión con esa oscuridad paterna, una herencia terrible y, de alguna forma monstruosa, profundamente amada.

Ya no soy solo Emma. Soy un eco de fuerza y el artífice de mi propio, y poderoso, renacimiento.

Miro mi obra sobre los periódicos. El torso, reensamblado con alambre de púas. Las cuencas vacías de sus ojos, que he rellenado con las canicas muertas de una muñeca vieja.

Tomo su mano cercenada y la coso a la mía.

La Voz de mi padre susurra con orgullo. Bien hecho, princesa.

Gael y yo por fin somos uno. Y estamos listos para salir a jugar.

FIN

Si la obsesión de Emma te ha hecho cuestionar la solidez de tu propia piel, es porque ya estás listo para el diseño completo.

La Geometría del Sufrimiento

No es un libro; es el plano detallado de tu propio abismo. Adquiérelo y descubre que, en mi arquitectura, el "para siempre" se escribe con hilo de sutura y se firma con sangre fría.

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