La Geometría del Sufrimiento
(…)
Su vida entera era una capa de suciedad y promesas rotas. La voz tenía razón. Esta carne no era un templo; era una ruina que merecía ser demolida.
—Hoy —resonó la voz, no como un siseo, sino como un decreto grabado en piedra—, reclamarás tu verdadero rostro, el que yace bajo la máscara impuesta.—
Levantó la mirada al espejo, más allá de la mugre de su vida, más allá del reflejo del hombre desgastado. Y por un instante, la luz fluorescente parpadeó.
Su reflejo cambió.
La piel de su rostro pareció volverse translúcida, enfermiza, como cera a punto de derretirse. Vio, no un monstruo, sino el vacío que había debajo: la arquitectura del hueso pálido, la oscuridad palpitante de las cuencas, la mentira de esa carne flácida que lo cubría como un traje mal hecho y sucio. El reflejo le mostró que su forma actual era una ausencia. Una abominable cáscara vacía.
La Voz era una vibración que emanaba de ese vacío, un zumbido que exigía que la cáscara fuera rota. Era el evangelio de su propia nada.
Con una precisión quirúrgica que nunca supo que poseía, y una extraña veneración que convertía el acto en un sacramento profano, acercó el filo a su piel. El primer contacto fue un shock helado, seguido de un ardor que le robó el aliento. Pero la voz lo calmó, lo guio. —Esta es solo la cáscara, la piel que otros plantaron sobre tus rasgos originales. Remuevela. Es un acto de purificación.—
Y él obedeció.
Comenzó por el rostro, la ofrenda más visible, el lienzo donde el mundo había pintado su caricatura de fracaso. Lentamente, con una parsimonia ritual, fue removiendo capa por capa el tejido que sus padres, con sus expectativas y sus miedos, habían colocado sobre los defectos heredados y las virtudes sofocadas. Cada corte era preciso, casi artístico, desprendiendo tiras de piel que caían al lavabo con un sonido húmedo y blando, revelando no sangre roja y viva, sino una sustancia más oscura, casi negruzca, como si la carne misma estuviera podrida por años de conformidad y desesperanza.
El dolor era una constante, una sinfonía de agonía que, extrañamente, lo enfocaba, lo limpiaba. Con cada fragmento de piel que se desprendía, sentía un peso menos, una capa de las mentiras del mundo disolviéndose. Los defectos ajenos, las opiniones del mundo que lo veían como un engranaje mediocre, las expectativas de su familia que lo consideraban una sombra de lo que debería ser, todo se iba con esos jirones de carne.
La voz lo alentaba: —Más profundo. Debes arrancar la construcción que la sociedad te impuso, la imagen que te obligaron a venerar en el espejo.—
Sus manos, ahora firmes, obedecían con una dedicación absoluta. El rostro que emergía bajo la navaja no era uno de belleza convencional, ni siquiera uno reconociblemente humano al principio; era una superficie cruda, palpitante, liberada de las líneas de expresión forjadas por la preocupación y la decepción. Era el inicio de su verdadera forma, libre de la responsabilidad impuesta, libre de la mirada ajena.
Se detuvo un instante, el aliento entrecortado, no por el esfuerzo, sino por una extraña mezcla de horror y un júbilo oscuro. La figura en el espejo era una abominación, una obra de arte grotesca, y, sin embargo, por primera vez en su miserable existencia, sintió un atisbo de algo que podría ser autenticidad, una conexión con ese "él" que la voz le decía que realmente era.
El reflejo en el espejo era una pesadilla de carne viva y hueso expuesto, una topografía del dolor donde antes solo había existido la flacidez del desengaño y la palidez de la resignación. Pero la voz, ahora un bálsamo oscuro en medio de la agonía, susurraba con una ternura casi maternal: —Magnífico. Has arrancado la mentira superficial. Pero la prisión es más profunda, tejida en cada fibra de esta carne que nunca fue tuya. Continúa. Libérate por completo.—
Y él continuó. La navaja, ahora una extensión de su voluntad profana, descendió por su cuello, abriendo surcos donde la piel, tensa por años de estrés y frustración contenida, cedía con una facilidad obscena. No había prisa, solo una metódica y reverente deconstrucción.
Sentía el frío del acero deslizarse sobre los tendones, el leve crujido del cartílago, y con cada corte, una oleada de un dolor tan intenso que se transmutaba en una forma de placer perverso, una lucidez febril donde los límites entre el sufrimiento y el éxtasis se volvían borrosos, indistinguibles.
El olor metálico de su propia sangre, oscura y espesa, se mezclaba con el aroma de las velas y el hedor de su miedo rancio, ahora transformado en una especie de incienso sacrificial. —Los hombros que cargaron el peso de las expectativas ajenas—siseaba la voz—, los brazos que se movieron sin voluntad propia, las manos que firmaron tu rendición diaria... no te pertenecen.—
(…)