La Huesuda & Los Escobedo Díaz
Desde las tierras bravas de Neza,
venía rodando tremenda odisea,
el calor derritiendo la mera cabeza,
tráfico pesado que el mapa marea.
Traían el whisky, traían la cerveza,
los dulces de fiesta que el alma recrea,
el pan marmoleado que es pura belleza...
¡pero a la abuela Crucita dejaron de presa!
Al volante venía don Chucho prendido,
recordando sus días de buen sonidero,
marcando con salsa el camino encendido
y horneando en su mente un pastel chocolatero.
A su lado iba Marce, mujer de entereza,
cuidando con celo los platos sagrados,
su dulce exquisito de calabaza,
y el camote más tierno de aquellos poblados.
Atrás venía César con gesto severo,
sarcástico y seco fingiendo apatía,
pero abajo guardaba un fiestón de primero
junto al buen perrito que le hace armonía,
El viejo y leal Crowly, guerrero azabache,
travieso y león en envase chiquito,
ladrándole al diablo en cualquier bache
para abrirle paso a aquel convoy bendito.
La Parca en el viaje ya andaba esperando:
—¡Olvidaron a alguien! —gritó con malicia—,
pero doña Crucita llegó marchando,
con nueve décadas burlando la justicia.
No oye ni un trueno, mas bien que compone,
llegó más vivita que todos los muertos,
y a la mismísima Muerte regaña y dispone,
dejando a los tontos con ojos abiertos.
Por fin arribaron a Huixtla bendita,
cruzando la niebla, el sudor y el camino,
a la mesa caliente donde se cruza el abrazo fraterno
y el trago divino.
Allí los esperaba con fuerza y ternura
la poderosa Clau, de estampa brillante,
que cuida a los suyos con fiera dulzura
y esparce su luz de poder dominante.
Sofi rondaba cual fiel guerrillera,
adolescente rebelde, hermosa y risueña,
lista a soltar una broma certera
o a arder en su furia si nadie la enseña.
Y yo, ingeniero de pluma y de espanto,
midiendo los versos de terror y locura,
buscaba asustarlos en medio del canto
para darles sobresaltos de buena factura.
La Catrina, embobada con tantos manjares,
entre dulce, pastel y el whisky dorado,
olvidó los sepulcros y los muladares
por ver a este clan tan bien conjuntado.
—¡A esta familia no me la llevo! —confiesa la Muerte— brindando contenta en la calurosa velada;
los deja gozando su risa y su suerte,
¡con la abuela al frente y la panza llenada!