Los Díaz & la Calaca
La Catrina buscaba un festín de primera,
con ganas de carne, vino y calor;
echó una moneda al azar, callejera:
¿en Londres, Cocuite o en Huixtla es mejor?
Voló la moneda girando en el viento,
ganó la carnita y el humo carbón;
la Parca llegó sin pedir libramiento,
dispuesta a llevarse a más de un correlón.
Don Zote, entre plantas, mezcal y jardín,
la vio de reojo y le dio la bienvenida:
—Tómate un trago, huesuda sin fin,
¡que aquí se festeja y se goza la vida!
A su lado Angelita, con regia cazuela,
le dijo a la Muerte: —¡Primero a comer!
A sus tres retoños los cuida y desvela...
¡y a Migue un buen plato le vino a poner!
Llegó mi compadre, el buen Migue enfiestado,
sarcástico, alegre, con chela y con ron;
le echó una botana al esqueleto pelado
y le hizo una broma que fue un vacilón.
Venía con Gloria, tan amable y atenta,
que a la misma Calaca sirvió con primor;
mientras el buen Damián en un rincón
juega sus zombies con timidez y pudor.
Como estrella fugaz apareció Camila,
discreta y brillante, con magia en los pies;
construyendo en Minecraft la fiesta vigila,
y a la Huesuda atrapa en un cubo después.
Entró el menor, Aldo, por banda derecha,
financiero alegre de gran apetito;
con una hamburguesa la tregua aprovecha,
¡viendo al Real Madrid junto al bicho maldito!
Venía con Fer, su querida princesa,
de risa discreta, amable y formal;
dejó a la Calaca contenta y pasmada
con su simpatía y encanto total.
Frente a la pantalla temblaba el tabique:
¡jugaba la Máquina, el gran Cruz Azul!
La Parca mordiéndose un hueso en desquite,
manchó de ceniza su túnica azul.
Mas Clau se plantó con poder y bravura,
segura y radiante, cuidando a su clan;
le dijo a la Muerte con voz de armadura:
—¡Te sientas y comes, de aquí no se van!
Sofí, la rebelde guerrera en trinchera,
soltaba la risa y la broma voraz,
midiendo a la Parca por si se atreviera
a hacerla enojar con su furia mordaz.
Y yo, ingeniero de letras y espanto,
tramaba un relato de miedo letal;
¡buscando asustar a quien causa quebranto
mientras le servía su trago formal!
La Muerte, aturdida de carne y mezcal,
vencida de risa, fútbol y botana,
tiró su guadaña en el patio vecinal
y juró perdonar a la tropa hasta mañana.
—¡Qué viva esta gente que nada le aterra!—
gritó la Calaca soltando un botón,
y se fue tambaleando por toda la tierra,
¡con la panza bien llena y azul el corazón!