Alimentar a la Bestia

El instinto de supervivencia de Rubí colapsó bajo el peso abrumador de la fatiga. La promesa de soltar el control, de dejarse consumir por la oscuridad elegante de este ser absoluto, era infinitamente más dulce que la perspectiva de un mañana banal.

Con los hombros caídos y los ojos fijos en la mano extendida, Rubí dio un paso al frente, pisando el charco de insulina. Luego otro. Al llegar frente a él, sus rodillas cedieron, golpeando el piso de linóleo. Se arrodilló lentamente, como una presa hipnotizada. Inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea palpitante de su garganta, rindiéndose por completo al abrazo de la bestia que había venido a devorarla.

El Hombre bajó la mirada hacia ella, recibiendo su devoción con la quietud de un dios oscuro. Sus dedos, enfundados en cuero negro, acariciaron la curva expuesta de la garganta de Rubí. El tacto no era de lujuria, sino la evaluación táctil de un escultor frente a un mármol prístino.

​—La transformación exige un peaje, mi querida Rubí —murmuró él. Su voz vibraba en la médula de los huesos de la joven—. La piel mundana debe abrirse para que nazca el abismo.

​De los pliegues oscuros de su abrigo, el Hombre extrajo una hoja de acero al carbón. Era pequeña, curva y letalmente brillante.

​Rubí no parpadeó. La promesa de la liberación la mantenía anclada en el letargo. Cerró los ojos, esperando un éxtasis místico, un desvanecimiento suave hacia la nada.

​Pero el acero besó su carne. Y la verdad la golpeó con la fuerza de un relámpago.

​El primer corte descendió por su clavícula. No fue un roce delicado, fue una incisión profunda y metódica que separó la piel del músculo. El fuego del dolor estalló en su sistema nervioso, quemando instantáneamente el narcótico de la seducción. La sangre brotó espesa y caliente, resbalando por su pecho, empapando el acrílico de su bufanda roja.

El fuego del dolor estalló en su sistema nervioso, pero no trajo pánico. Trajo una lucidez absoluta. La sangre brotó, espesa y caliente, manchando la lana roja de su bufanda. Rubí cerró los ojos, absorbiendo la liturgia del daño. El bautismo estaba completo. Ahora necesitaba su primer sacrificio.

​Abrió los ojos, y la frialdad de una mirada depredadora fue eclipsada instantáneamente por una máscara de pavor impecable.

​—¡No! —El grito que brotó de la garganta de Rubí fue crudo, desgarrador, el alarido perfecto de una víctima acorralada—. ¡Tomás! ¡Ayuda! ¡Por favor!

​Se dejó caer de costado, arrastrándose patéticamente sobre el charco de insulina, manchando el linóleo con su propia sangre. El Hombre retrocedió un paso, dándole espacio al teatro, saboreando la sinfonía de su engaño. Ella gritó de nuevo, rasgándose las cuerdas vocales, pidiendo auxilio a todo pulmón.

​El estruendo de la madera astillándose hizo temblar las paredes. La puerta del departamento fue golpeada desde el exterior con la fuerza brutal de un animal herido.

​Las bisagras oxidadas cedieron. La pesada puerta voló hacia adentro y golpeó la pared, dejando entrar una ráfaga de viento helado. En el umbral, recortado por la luz parpadeante del pasillo, apareció Tomás. Llevaba el uniforme empapado, el pecho agitado, y una pesada linterna de metal empuñada en alto como un mazo.

​—¡Señorita Rubí! —rugió el guardia.

​Al ver la sangre en el cuello de la joven y la figura imponente del Hombre de traje frente a ella, los instintos protectores de Tomás tomaron el control. Con un valor genuino y mundano, se interpuso entre el monstruo y la chica, dándole la espalda a Rubí para usar su propio cuerpo como escudo.

​—¡Atrás, hijo de perra! ¡Ya llamé a la policía! —gritó Tomás, levantando la linterna, temblando de adrenalina y terror, dispuesto a morir para proteger el santuario de la chica.

​El Hombre del abrigo no retrocedió. No levantó las manos. Simplemente le sonrió a Tomás. Fue una sonrisa de profunda y genuina lástima.

​Detrás del guardia, el llanto de Rubí se detuvo con la precisión de un interruptor eléctrico.

​La joven se puso de pie con una fluidez letal, sin hacer un solo ruido. El dolor de su clavícula era solo un eco lejano. Levantó la mano derecha; la hoja de acero al carbón destelló en la penumbra, capturando la luz del pasillo.

​No hubo furia en su movimiento. Fue un cálculo preciso. Rubí deslizó el bisturí justo debajo de la base del cráneo de Tomás, entre la primera y la segunda vértebra cervical, y tiró hacia un lado con un tajo limpio y profundo.

​La conexión de la médula espinal se cortó de tajo.

​Tomás no gritó. No pudo. Su sistema nervioso central fue desconectado de su cuerpo en una fracción de segundo. Cayó al suelo a plomo, como una marioneta a la que le acaban de cortar los hilos, golpeando el linóleo con un ruido sordo y pesado. La linterna rodó por el suelo, iluminando la escena desde abajo.

​El guardia estaba consciente, pero completamente paralizado del cuello hacia abajo. Sus ojos, desorbitados por el shock y la confusión, se movieron erráticamente hasta encontrar el rostro de Rubí, quien ahora se alzaba sobre él.

​La máscara de la chica asustada había desaparecido por completo. El fuego en sus ojos rojizos se había extinguido, dejando paso a la vacuidad fría y absoluta del abismo. Rubí le sonrió. Era una sonrisa amenazadora, afilada y desprovista de cualquier empatía humana.

​—Me dijiste que aquí adentro no me pasaría nada malo, Tomás —susurró Rubí, arrodillándose junto al rostro paralizado del hombre, acariciándole la mejilla sudorosa con los dedos manchados de sangre—. Tenías razón. La única que corría peligro era mi presa. Gracias por abrir la puerta.

​El Hombre del abrigo se acercó, deteniéndose junto a ella. Observó el cuerpo inerte del guardia con aprobación elitista.

​—Una incisión exquisita —elogió el Lobo, su barítono llenando la sala con una calidez macabra—. Te has despojado del lastre de la piedad, Rubí. Bienvenida a la cima de la cadena alimenticia.

​Rubí se puso de pie, limpiando distraídamente la sangre de la hoja contra su falda. Miró a su nuevo maestro, luego miró a Tomás, cuyos ojos derramaban lágrimas silenciosas de incomprensión y terror puro. El departamento ya no era una prisión de miseria; era un lienzo en blanco. Y la noche, apenas comenzaba.

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