Sin Cadenas

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Su entrada fue más una aparición, como el salto furtivo desde las sombras del cazador que finalmente decide mostrarse a su presa acorralada. Su presencia cambió drásticamente el ambiente del salón; el murmullo de las conversaciones se ahogó, la música pareció bajar de volumen, como si él hubiera succionado el aire y el sonido del lugar, irradiando un aura oscura y fría que hizo que varias mujeres se estremecieran y se llevaran una mano al pecho.

Mi discurso fue una semblanza cuidadosamente tejida, emotiva en la superficie, afilada como una navaja de obsidiana en su intención. Destaqué sus partes brillantes, esas facetas de encanto y aparente bondad que había mostrado al mundo y, en ocasiones, incluso a mí, en los primeros días de nuestra ilusión. Hablé de todas las cosas hermosas que, supuestamente, había aportado a la vida de quienes lo rodeaban, haciendo vagas referencias alegóricas a su energía, a cómo contagiaba a las personas de una fuerza peculiar, causando cosquillas de excitación prohibida en las mujeres y un orgullo inflado, casi animal, en los hombres que caían bajo su influencia. Construí la imagen de una persona increíble, destacada, si no fuera porque yo sabía, y pronto ellos también lo sabrían, que todo era una máscara impecable, una fachada perfecta que cubría al ser que realmente vivía en su interior, esa entidad que demandaba, con una urgencia creciente, ver el mundo sin velos, sin cadenas. Describí momentos que él había creado, su supuesto crecimiento y evolución, pintando el retrato del hombre ideal que muchos creían conocer. Vi sonrisas dispersas entre el público, algunas miradas de aprobación de aquellos que solo conocían la cáscara, y otras de sorpresa o velado cinismo de quienes compartían algún secreto oscuro y vil con él, aquellos que sabían, aunque fuera una fracción de la verdad, la naturaleza de su verdadera esencia. Un ambiente de expectación culpable, de morbo contenido, flotaba en el aire como un perfume rancio.

Acercándome al cierre de mis palabras, con Daniel a mi lado, su sonrisa ahora una mueca enigmática, su mano oprimiendo la mía con una fuerza que comenzaba a ser dolorosa, sus dedos como garras frías, agradecí haberlo conocido. Agradecí, con una sinceridad que helaría la sangre de quien pudiera entenderla, haber tenido lo mejor de él, sabiendo en lo más profundo de mi ser que era tiempo de dejarlo libre, de desatarlo sobre aquellos que habían participado de su farsa. —Es hora —dije, mi voz clara y firme, resonando en el silencio repentino—, de que explores esa naturaleza que tanto has negado, de que muestres al mundo tu verdadero rostro.

La reacción inicial de Daniel fue de sorpresa, una ceja apenas alzada, contenida, ligeramente desconfiada. Luego, esa sonrisa depredadora recorrió sus labios, sus ojos brillando con un hambre primigenia mientras sondeaba a los invitados, uno por uno, analizándolos, saboreando sus sensaciones, el miedo que comenzaba a emanar de ellos como un perfume exquisito. Porque mi discurso cerró con la aceptación definitiva de que yo ya no era de él, de que la libertad que su ser más profundo tanto anhelaba, ahora, por fin, era suya.

Mis palabras fueron recibidas con unos dispersos y mecánicos aplausos, y muchas caras sumidas en la perplejidad, una confusión que rápidamente daría paso al terror. Daniel, con su atención completamente entregada a ese público que había sido suyo de tantas maneras, mostró una rigidez repentina en sus hombros, una tensión en la mandíbula que hacía que su sonrisa temblara con una anticipación casi eléctrica, sus ojos relampagueando con una luz depredadora. Su postura era la de un animal a punto de saltar, cada músculo vibrando bajo la tela cara de su traje. Estaba tan extasiado por mis últimas palabras, tan absorto en la contemplación de aquellas personas que, de algún modo, lo habían complacido y alimentado a la criatura dentro de él, que permaneció clavado al piso por un instante, ignorando por completo mi salida. Finalmente, como rompiendo un hechizo invisible que su mirada y mis palabras habían tejido, se acercó al micrófono. Agradeció escuetamente la presencia de los invitados, quienes, visiblemente incómodos, desconcertados, y con sus voces ligeramente temblorosas al inicio, expectantes y con un cierto miedo contenido, procedieron a entonar un "Feliz Cumpleaños" desafinado e improvisado—un canto fúnebre disfrazado de celebración.

Mi partida fue completamente ignorada por los asistentes, demasiado ocupados en descifrar el enigma de mis palabras o en la incomodidad del momento que se tornaba cada vez más extraño. Esto me permitió salir sin mayor contratiempo, sintiendo apenas las miradas de soslayo de algunas de las mujeres con las que me cruzaba al pasar, miradas cargadas de una mezcla de envidia rancia, recelo y una extraña forma de triunfo anticipado, como si supieran que les estaba cediendo el paso a un festín del que yo ya me había saciado o del que había sido expulsada. Al cruzar las puertas dobles, llegué al pasillo exterior del salón. Había escogido este lugar no solo por su elegancia chic y sus detalles sofisticados, sino también por sus descuidadas, casi inexistentes, medidas de seguridad. El lugar solo contaba con la puerta principal del salón como única vía de entrada y salida. Procedí entonces, con un afán parsimonioso y una dedicación casi ritual, a encadenar las puertas, pasando la gruesa cadena de acero a través de las manijas, asegurándola con múltiples candados. Cada vuelta de la llave era un clic metálico que resonaba en mi alma, como el de quien anuda con esmero el moño de un regalo muy especial, un regalo de dolor y liberación. Y al terminar, me sentí ligera, vibrante, casi dolorosamente viva. Feliz.

Me quedé allí, con la espalda contra la pared fría del pasillo, escuchando. Al cerrar las pesadas cadenas de la puerta del salón, sentí cómo yo misma me liberaba de las mías, unas mucho más antiguas e invisibles, forjadas con años de amor ciego y autoengaño. Una ligereza inesperada, casi vertiginosa, me invadió, una fuerza que no sabía que aún poseía, y una libertad que sabía a aire fresco después de una tormenta de verano, fría y limpia, con el eco lejano de los truenos.


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