Sofí, Clau, Omar & la Catrina
La Catrina andaba inquieta revisando su libreta,
quería llevarse al hoyo a una familia completa.
Se metió directo al cine oliendo a maíz tostado:
«A estos tres me los empaco en un combo congelado».
Pero se topó con Clau, tan segura y empoderada,
que le puso un alto en seco con tan solo una mirada.
Madre leona sin cuartel, jefa de temple y poder,
le gritó: «¡A ver, Huesuda, qué pretendes aquí hacer!
A mi gente no la tocas, baja ya la pretensión,
que en la casa mando yo y cancelo la función».
La Catrina, temblorosa, vio su fuerza y gallardía,
y tragándose el orgullo prefirió guardar distancia ese día.
Fue a buscar luego a la Sofí, la borrega más genial,
pensando que a la chamaca la iba a espantar muy normal.
Más la Sofí, guerrillera, le soltó una carcajada,
con su chispa de prepa y su risa desatada:
«¡Uy, Calaca, ni lo intentes! Mejor guárdate esa pose,
que si me entra la locura ni tú aguantas el desglose».
Entre bromas y desplantes de rebelde borreguita,
a la Parca se le fue hasta la poca sonrisita.
Faltaba el mero papá, Omar: ingeniero y escritor,
que acechaba tras la sombra preparando algo mejor.
Calculó bien el impacto con su pluma y libreta,
y le pegó tal gritote que la Parca dio marometa.
«¡Por mi nena y por mi Clau doy la vida sin pensar!»,
le dijo al ver a la Flaca del puro susto temblar.
«¡Qué familia tan canija!», la Huesuda reclamó,
mientras un tazón de alitas y botana se zampó.
«No me llevo a nadie al pozo, me declaro derrotada,
mejor inviten la playa y armamos la escapada».
Y así fue que entre pelis, sol, arena y diversión,
la Muerte se volvió fan y olvidó la defunción.