Solo Salimos de Noche

(…)

Volamos sobre el asfalto mojado. El Cadillac es una burbuja de metal rojo sangre cortando una ciudad que se disuelve en la llovizna. Pasamos bajo los puentes de concreto, catedrales de hollín manchadas con grafitis ilegibles que parecen los sigilos de un dios olvidado. El motor ruge, un alma condenada, y los cromados brillan con una luz fantasmal. Pero dentro del coche, el único sonido es el de mi succión. Sigo con mi malteada. Vainilla.

Es una adicción contradictoria. El dulzor químico es un eco diminuto, una promesa de inocencia que ya es polvo en mi lengua muerta. Pero la textura... la textura es una blasfemia. Es un lodo de azúcar helada que se niega a fluir, una pasta densa que se aferra al popote como la carne al hueso. Es una parodia grotesca de la nutrición, un insulto a la sangre. Cada sorbo es un esfuerzo consciente. Un vacío que debo forzar en mis pulmones inútiles, una succión que me tensa la mandíbula y me hace sentir el tirón en la garganta. Es una tensión física, una imitación casi perfecta de la anticipación previa al mordisco. Pero es un clímax vacío. Pura promesa, sin la gloriosa, caliente y metálica recompensa del final. Ni siquiera la sangre coagulada de un muerto reciente es tan densa de tragar. Pero me puede cualquier cosa que se beba con popote. Un vicio estúpido. Un pequeño anclaje a la humanidad, deshilachándose con cada década que pasa.

—Oye, Caleb, ¿se mueren del susto o desangrados? La voz de Silas rompe la hipnosis del motor. Es un susurro rasposo, el eco de la caza aún vibrando en él. Su pregunta cae en el coche con un peso muerto. El tedio se hace sólido, palpable. Es una tercera presencia entre nosotros, sentada en el asiento trasero. —No sé, Silas. —Suspiro. El vapor helado de la malteada se escapa de mis labios—. Me has preguntado esa misma idiotez cientos de veces. ¿Quince, veinte años? ¿A quién diablos le importa?

Termino la malteada. El último sorbo es azúcar helada que me quema la garganta muerta. Arrojo el vaso por la ventanilla. Vemos el cartón blanco dar tumbos contra el asfalto gris, un pequeño acto de vandalismo en una ciudad que ya es un monumento al caos. Silencio de nuevo. Solo el rugido del V8. Hay que reconocerle a Silas su gusto por los coches. Este Cadillac es una obra de arte, un ataúd de lujo para dos espectros.

—Esta ciudad me late —digo por decir algo, por empujar contra el peso del aburrimiento. Observo las luces de los edificios. Manchas borrosas de neón, un río de estrellas corruptas que fluye hacia la nada—. Tanta gente amontonada. Un hormiguero de almas tibias. Nadie nota si desaparecen un par. —Pero el clima es una mierda —replica Silas. Siempre el contrapunto. Su aburrimiento es agrio, el mío es pesado. —¿Y qué? Ya no sentimos esas cosas como ellos. —Ya ni hace calor. Siempre está lloviendo, carajo. —Gira la cabeza en el asiento, su perfil pálido contra el flujo de las luces de la calle—. Esta humedad me pudre los huesos. Noventa años en este mismo infierno de asfalto y ahora se queja del clima. Que se vaya al carajo.

Meto la mano en la guantera y saco un casete. Lo meto con un clack satisfactorio. Nirvana. El grito desgarrado de Cobain llena el coche. Un ruido que al menos tiene alma. Un alma rota, atormentada, pero viva en su agonía. Es un sonido honesto en medio de nuestra farsa eterna. Silas resopla, pero no dice nada. Sabe que prefiero escuchar el dolor de un mortal muerto que seguir escuchando el eco de nuestra propia nada.

Recorremos de Tacubaya a Xochimilco en un suspiro. Es un borrón de asfalto mojado y luces de neón que se derriten. El aire que entra por la ventanilla es un perfume corrupto: el olor a diésel quemado de los camiones de carga, el vapor graso de los puestos de suadero que se niegan a morir, y el tufo dulce del drenaje profundo. Todo se mezcla y nos resbala. Silas frena en seco junto a las pistas de canotaje. 

El Cadillac deja una firma de llantas quemadas en el pavimento, un olor a caucho y desesperación que flota sobre el agua oscura del canal. Las gradas de concreto de la Pista Olímpica se elevan en la penumbra como los dientes rotos de un gigante muerto. El lugar apesta a lirio podrido y agua estancada. 

Veo la nostalgia en los ojos muertos de Silas, un brillo húmedo que no es de lágrimas, mientras mira la negrura. —Hace cincuenta años esto era puro campo. Vacas, Caleb, ¡vacas! —dice, su voz teñida de una melancolía que casi parece humana—. Podías oler la tierra limpia. ¿Cuándo carajos creció esta mancha de concreto? 

—Mil novecientos setenta y uno —respondo con sarcasmo, mirando un condón usado que flota cerca de la orilla—. El progreso, Silas. Imparable. Como nosotros. —Hablo en serio. Nos estamos haciendo viejos, Caleb. Más viejos que la mugre que pisamos. Suelto una carcajada que suena a óxido, a goznes de cripta forzados. —Silas, no jodas. Ya deberías estar acostumbrado a ser este eco, esta carroña con estilo. Arranca furioso. El V8 ruge, escupiendo grava. 

Volvemos al Periférico. Comienza su diversión eterna: recorrer el anillo de sur a norte a la máxima velocidad. Es un juego suicida para cualquiera que aún tuviera algo que perder. Pasamos Viaducto, luego San Antonio, las luces de Barranca del Muerto son solo un túnel de luz blanca. El Cadillac se desliza entre los otros coches como un tiburón entre peces dormidos. Burbujas de metal y carne tibia, sus ocupantes ajenos a los depredadores que los rozan a doscientos kilómetros por hora.

A veces, Silas lo hace. Busca el roce, el golpe. Ha roto coches y, a veces, nuestros propios huesos. Lo hacemos para sentir la regeneración. Ese crujido obsceno del cartílago reconfigurándose, un dolor frío, lento y asqueroso que es casi un placer. Es el único recordatorio de que esta carne, aunque muerta, obedece a alguna ley. Espero que hoy solo sea rutina.


(…)


¿Quieres saber qué ocurre...?