Unión Sagrada

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La hacienda parecía un pequeño feudo, un mundo contenido en sí mismo. Alrededor de la casa principal se distribuían construcciones menores, elegantes pero simples, con la misma piedra sólida y antigua, adornadas con enredaderas que parecían haber sido guiadas por una mano invisible para acentuar, y a la vez ocultar, sus contornos. Grandes ventanales, oscuros como cuencas vacías, reflejaban la luz moribunda del atardecer, dando la impresión de que las habitaciones interiores ardían con un fuego contenido y silencioso.

Fueron recibidos por miembros de la congregación, hombres y mujeres de rostros impasibles y movimientos pausados, casi coreografiados, cuya atención detallada rayaba en lo reverencial. Los trataron con todos los honores, pero su hospitalidad, aunque impecable, se sentía ritualista, sus voces suaves y melodiosas pronunciando bienvenidas que sonaban ensayadas durante siglos, desprovistas de una calidez genuina.

Conducidos a través de un vestíbulo principal dominado por un candelabro de araña de cristales oscurecidos que apenas devolvían la luz y una escalera de madera que se curvaba hacia una oscuridad infinita en el piso superior, cruzaron un jardín interior donde se llevaría a cabo el banquete. Grandes mesas rectangulares ya estaban dispuestas, adornadas con candelabros de plata ennegrecida cuyas velas de sebo aún no ardían, y una profusión de flores de un púrpura tan oscuro que parecían absorber la luz, casi negras, exhalando un perfume denso y narcótico. Hermosas antorchas apagadas, clavadas en la tierra a intervalos regulares, delimitaban el espacio, prometiendo una iluminación irreal y etérea para la noche que se cernía. La mesa principal, bajo un arco triunfal tejido con esas mismas flores púrpuras y toques de un blanco sepulcral, ostentaba dos sillas ricamente adornadas para los novios. Y a un lado, ligeramente separada, una imponente silla, casi un trono, tallada en una sola pieza de madera oscura, con vetas que parecían moverse y retorcerse bajo la luz incierta como serpientes dormidas. La madre de Enzo, incapaz de contener su curiosidad ante tal despliegue, preguntó en voz baja al silencioso guía quién ocuparía tan distinguido asiento. —Es para el huésped de honor —fue la respuesta, educada pero seca, sus ojos sin revelar nada, cerrando cualquier posibilidad de indagación. La madre supuso, con un encogimiento de hombros y una creciente desazón, que sería para el padre de Isis.

Continuaron su camino, alejándose del jardín del banquete, hacia una estructura separada que se alzaba al fondo de la propiedad: una capilla, o lo que parecía serlo, aunque su arquitectura era extrañamente austera y masiva, una gran cúpula de roca antigua e imponente que parecía hundirse en la tierra como si quisiera ocultar sus secretos de los cielos. Al cruzar el umbral, el aire se volvió increíblemente frío, estático, y un silencio casi absoluto los envolvió, amortiguando incluso el sonido de sus propios pasos, como si hubieran entrado en una burbuja fuera del tiempo. El pasillo que conducía al altar estaba flanqueado por enormes cirios de cera roja, casi negra, que ya ardían, sus llamas altas y quietas arrojando sombras danzantes y desmesuradas sobre las paredes de piedra desnuda, que parecían sudar una humedad fría. Las mismas flores púrpuras oscuras se repetían en arreglos severos, su perfume más concentrado y sofocante aquí dentro. No había cruces, ni imágenes religiosas reconocibles, ningún detalle que indicara a qué dios o rito se rendiría culto allí. Solo el imponente altar de roca maciza, dispuesto como una mesa de monolito sacrificial, su superficie pulida pero manchada por lo que parecían antiguas libaciones, y detrás de él, reflejando la luz infernal de los cirios, un gran espejo de plata bruñida, su superficie lisa y oscura como un pozo sin fondo, atrayendo la mirada y prometiendo abismos.

Enzo fue guiado a su posición frente al altar, sintiendo el peso de las miradas silenciosas de la congregación ya reunida en las penumbras, sus siluetas apenas discernibles. Un escalofrío ajeno a la temperatura le recorrió la espalda, erizando el vello de su nuca. Entonces, un sonido gutural, como el de un órgano antiguo exhalando su último aliento o el bramido distante de una bestia desconocida, rompió el silencio, seguido por un coro mixto. Voces masculinas profundas, resonando desde el pecho, y el lamento agudo, casi un quejido, de voces femeninas se entrelazaron en un canto que, aunque remotamente recordaba a la música sacra gregoriana, poseía una melodía disonante, indescifrable, llena de intervalos extraños que parecían reptar bajo la piel y hacer vibrar los huesos con una frecuencia perturbadora. No era una música que elevara el espíritu; era algo más antiguo, más terrenal, una invocación que generaba una extraña sensación física, ultraterrena, una presión en el pecho y un zumbido en los oídos. La familia de Enzo intercambió miradas de abierto desconcierto, una fascinación morbosa luchando contra una creciente incomodidad y el deseo instintivo de huir de aquel lugar. Sentían un respeto temeroso hacia lo desconocido, hacia la solemnidad palpable de un rito que presentían ancestral y, de alguna manera, irrevocable, un punto de no retorno.

El aire en la capilla de piedra se solidificó, volviéndose denso y gélido, cuando el oficiante se materializó frente al altar como un espectro convocado desde las profundidades del tiempo. Era un hombre de una altura y delgadez antinaturales, su rostro aguileño y surcado por una red de arrugas que hablaban de siglos, no de años, pero sus movimientos poseían una fuerza contenida y sus ojos, hundidos y oscuros, ardían con un brillo expectante y una calma ensayada que resultaba más inquietante que cualquier amenaza abierta.

Bajo la melodía ahora abiertamente disonante y las voces guturales del coro, Isis apareció en el extremo inicial del pasillo. Su vestido, de un blanco níveo, deslumbraba contra la penumbra, pero su piel parecía aún más pálida, casi translúcida, un lienzo perfecto para el rojo púrpura oscuro de sus labios y el amplio ramo de flores moradas, casi negras, que sostenía con una delicadeza ritual. Su sola presencia pareció hacer descender aún más la temperatura del recinto; un aliento gélido, como surgido de una cripta recién abierta, acompañó su avance. Todas las miradas, hipnotizadas, se volvieron hacia ella. Enzo la contempló embelesado, una belleza tan pura y etérea que le robó el aliento, olvidando por un instante la extrañeza que le oprimía el pecho. Su caminar no era tal; parecía flotar sobre el suelo de piedra, una cadencia rítmica y sobrenatural que permitía admirar cada detalle de su serena majestad, cargando el ambiente de una energía crepitante, casi dolorosa en su intensidad, que hacía vibrar el aire mismo. A su lado, su padre, figura de autoridad silenciosa, la acompañaba, su mirada reflejando un orgullo solemne y un poder ancestral que parecía fluir de la misma tierra bajo sus pies. Con un gesto cargado de un significado que Enzo no pudo descifrar, pero que sintió como una advertencia helada y una entrega irrevocable, entregó a su hija frente al altar.


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