V.

El sonido de los cerrojos al girar resonó en el pasillo oscuro como el quiebre seco de un hueso. Rubí empujó la puerta de madera hinchada, preparando los pulmones para el golpe habitual de su encierro: el tufo a linimento, la sopa fría olvidada en la estufa y el zumbido asmático del concentrador de oxígeno de su madre.

​Pero la casa no exhaló. La recibió un silencio denso, absoluto, que se pegó a su piel como terciopelo húmedo.

​El concentrador estaba apagado.

​Rubí dio un paso hacia el interior. La bolsa de papel le pesaba en las manos heladas. El olor agrio de la enfermedad había sido borrado por completo. En su lugar, el aire era una bruma espesa y embriagadora: lavanda, sándalo y una nota profunda, pesada y dulce. Puro cobre.

​No había desorden. No había rasguños en la pintura ni gritos ahogados en las paredes. La puerta de la habitación de su madre estaba entreabierta en la penumbra. La cama estaba tendida. Perfecta. Demasiado plana. El aroma a cobre emanaba de las sábanas oscuras, inconfundible y denso, como el aliento de un animal salvaje que acaba de devorar a su presa en el silencio más absoluto.

​Rubí dejó de respirar. Su pecho se inmovilizó, pero el aire en la sala parecía haber cobrado peso propio.

​El Hombre no se había quedado en el umbral esperando invitación. Se había derramado por el espacio íntimo de Rubí, reclamándolo. Con la gracia lánguida de un rey tomando asiento en un trono ajeno, se dirigió a la mesita coja del centro. Tomó la botella de whisky barato a medio terminar y se sirvió un trago en el único vaso despostillado.

​Se acomodó en el viejo sillón floral —el mismo rincón donde ella se acurrucaba a llorar de madrugada— y cruzó una pierna sobre la otra. El contraste de su traje oscuro y su apostura contra la miseria del mueble era un acto de blasfemia visual, dolorosamente hipnótico. Le dio un sorbo al licor áspero sin mover un músculo del rostro. La miró por encima del borde del cristal.

​—¿Por qué me miras así, Rubí? —preguntó. Su barítono fue un susurro oscuro, abriendo la quietud de la sala como una cuchilla cortando seda.

​Los dedos de Rubí cedieron. La bolsa resbaló y golpeó el linóleo con un chasquido sordo. El frasco de insulina estalló en su interior, derramando el líquido sobre la suela rota de su zapato. Un líquido vital ahora inservible.

​—Mi madre... —susurró ella, abrazándose a sí misma. El temblor de su voz era un hilo frágil, vibrando en el límite del pavor—. ¿Qué le hiciste?

​El Hombre no se alteró. Dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud que exigía adoración. El calor de su presencia pareció encender el olor a cobre en la sala, volviéndolo más sofocante.

​—Le di el descanso que tú no te atrevías a darle —respondió, su voz aterciopelada envolviéndola, arrastrándola hacia él sin necesidad de tocarla—. Corté el ancla. Ya no tienes que hundirte con ella.

​Rubí retrocedió medio paso, pero sus rodillas la traicionaron y perdieron fuerza. El pánico chocaba violentamente contra un alivio negro e innombrable que amenazaba con devorarla entera. Su mente parecía fracturarse, buscando desesperadamente asidero en la imponente figura del Hombre. Él no dejaba de mirarla. Sus ojos oscuros eran dos pozos de gravedad, fijos en su rostro, arrancándole el abrigo, el cansancio y la vergüenza.

​—Me estás mirando —balbuceó Rubí, bajando la vista, su voz adquiriendo un tono roto, casi infantil—. Tienes los ojos tan oscuros... y no dejas de mirarme.

​—Es para verte mejor, mi Rubí —susurró él. Se inclinó hacia adelante, devorando la distancia con su magnetismo, ofreciéndole una media sonrisa cargada de devoción—. El mundo entero pasa por tu lado y solo ve polvo. Te han vuelto invisible. Pero yo veo el incendio. Necesitaba verte arder sin la sombra de este calabozo.

​La respiración de Rubí se volvió corta, errática. El aire faltaba. La cadencia de la voz de él la arrullaba, un narcótico pesado que sedaba cualquier instinto de fuga.

​—¿Cómo supiste dónde estaba mi departamento? —preguntó ella, apretando los puños dentro de los bolsillos mojados de su abrigo—. ¿Cómo supiste lo de las medicinas... lo que yo pensaba en el tren? Escuchaste cosas que nunca dije.

​—Para escucharte mejor, debía acercarme —respondió el Hombre. Cada sílaba era una caricia pesada sobre la nuca de ella—. Nadie prestaba atención a tu silencio. Pero yo oía cómo te asfixiabas cada madrugada. Escuché el crujido de tu espalda cargando un peso que despreciabas. Escuché tu deseo de ser libre. Y vine a reclamarte.

​El calor de la sala se volvió asfixiante. Estaban solos. Aislados de la ciudad por la tormenta que golpeaba los cristales, y separados de cualquier auxilio por el cerrojo de la puerta. El Hombre extendió lentamente una mano hacia ella, ofreciéndole la rendición, invitándola a cruzar la línea hacia su propia oscuridad.

​Rubí levantó la mirada. A través de las lágrimas y los mechones cobrizos húmedos, la fragilidad en sus ojos pareció detenerse, cristalizándose por una fracción de segundo bajo la luz mortecina. Sostuvo la mirada del abismo mientras el olor a sangre invisible llenaba sus pulmones.

A través del velo de sus lágrimas, Rubí notó cómo la sonrisa de él se ensanchaba sutilmente. Sus dientes, perfectamente blancos, destellaban en la penumbra del apartamento miserable con una belleza letal y depredadora.

—Estás sonriendo... —murmuró ella, sintiendo que la gravedad la empujaba hacia él—. ¿Por qué sonríes así?

El Lobo se puso de pie, su alta figura dominando el espacio, pero no avanzó. Extendió una mano enguantada en cuero suave hacia ella.

—Para devorar lo que queda de tu dolor —sentenció, su barítono vibrando directamente en el pecho de la joven—. Has sido valiente por demasiado tiempo, Rubí. Has peleado por centavos, por migajas de piedad de una ciudad que te desprecia. Ya es suficiente. Suelta las armas. Ven a mí. Deja que yo sea el monstruo de esta historia, para que tú no tengas que volver a ser la víctima jamás.

La trampa se cerró con un suspiro.

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